¿Y el parto?

El parto es una de esas grandes incógnitas que nadie te puede ayudar a despejar hasta que tú eres la X de la ecuación y te ponen delante del igual. X igual a tu parto.  Porque parto no hay más que uno, o dos o siete, pero cada uno de su padre y de su madre, y nunca mejor dicho. ¿Cómo te parieron a ti? Puede que nunca llegues a saberlo del todo. Conocerás las anécdotas que rodearon a tu llegada, por ejemplo, que tu padre no sabía dónde estaba guardado el chándal del colegio y tu hermana tuvo que hacer gimnasia casi con un bañador de hombre, mientras tú luchabas por salir a la luz. O que tus abuelos tardaron lo mismo en llegar al hospital que tú en nacer, aunque vivían a 300 kilómetros. Pero sobre el parto, lo que sintió tu madre, lo que sentiste tú mismo en cada contracción suele quedar silenciado, como había pasado en este blog, hasta hoy, más de tres meses después de haberse producido.

El silencio se explica en parte por la dificultad que entraña describir algo que se ha vivido una sola vez y en una intensidad que sobrepasa con mucho la cotidianeidad. Entre el estado de shock y la inefabilidad del hecho, el parto sigue siendo una incógnita para todos los que no lo vivieron e incluso para los que lo vivieron, que tienden a olvidar. Para evitarlo, puede que tu madre tome unas notas, muy breves, ráfagas de lo que sintió en ese momento crucial y en las horas y días que lo siguieron.

En ese caso, puede que sepas algo más de lo que pasó justo a las puertas de tu nacimiento: «lo único que pude hacer fue retorcerme en la cama, por el suelo y, finalmente, aprender a inspirar y expirar como nunca lo había hecho para sobrellevar el dolor que me invadía en cada contracción. Un dolor impactante, insultante, incluso, que eleva a cada mujer a la categoría de heroína. En cada exhalación pienso en todas las mujeres de la historia del mundo que han soportado ese dolor, y el que ni siquiera conocí, sin anestesia. En honor a todas ellas aguanto el grito». O bien: «la epidural da temblores», o «estoy semiinconsciente en la cesárea, noto como estiran la piel pero no el dolor, oigo voces, pero no consigo seguir la conversación, me duermo y me despierto y veo delante de mi una tela verde, y vuelvo a dormirme superficialmente, y al poco rato oigo un lloro suave y me lo acercan diciendo «éste es tu hijo», ya lo han lavado y está envuelto y es precioso y sólo puedo decir «qué bonito es»», «sólo después echaré de menos haberlo tenido manchado de vida sobre mi pecho, estar presente, consciente y activa en su llegada, su salida, justo en el momento en que se produce, aunque lo importante es que esté bien, que haya salido bien», «tu hijo fuera de tu piel, atravesándola para decir hola al fin».

Incluso puede que sepas qué sintió tus primeras noches en el mundo: «ningún patrón de sueño», «alegría de estar haciendo lo que estás haciendo: mirarlo en lugar de dormir» y, sólo tres horas después: «acumulación de cansancio que a ráfagas me lleva a pensar que seré incapaz de resistir por mucho tiempo, a la vez que se hace grande la certeza de que debo hacerlo, sin retorno». «Exaltada mi naturaleza mamífera», «cachorro», «nuestro objetivo ahora: tu consuelo», «mirarlo e imaginarlo dentro y fuera. Perdida la noción del tiempo. Sólo es la tercera noche», «tus tetas miden de pronto el doble», «paz al darle de mamar», «amamantar también da sueño, sed, y más adelante un dolor que desaparecerá».

Entre esa amalgama de primeras veces puede que escriba que comparte contigo «una lucha en la que estamos en el mismo bando, intentando sacar adelante este comienzo», que «los altos y bajos están íntimamente ligados a las horas de sueño y a la distancia de existencia consciente que me separan de ellas, también a la distancia respecto a la hora del último calmante y a la fuerza física con la que me siento» y que «la manida expresión ‘camino de crecimiento’ cobra un sentido literal, obligados a superar retos diarios para los que resulta útil recordar las palabras que acompañan a aquellas flores: «paciencia, fuerza y amor»».

Con suerte, puede que esas notas conserven el olor de aquellos días, y que con él podáis construir un recuerdo certero o, por lo menos, recuerdo, ante el que sonreirse tres meses de silencio después, recuperadas las fuerzas y consolidado el vínculo. O bien, treinta años después, como si fuera ayer y el tiempo hubiera pasado tan deprisa como dicen.

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