Vida de escritor

Dice Julia Cameron que es importante tener una cita semanal con el artista que uno lleva dentro. Unas horas dedicadas a uno mismo, a observar, a pasear, a hacer algo lúdico o algo que nos enriquezca y contribuya a alimentar nuestra creatividad, ya sea ir a un museo, leer, jugar,… Algo que de algún modo nos conecte también con nuestro yo infantil que no necesitaba que todo fuera productivo sino que se recreaba en el presente como lo hacen ahora nuestros hijos, algo que a veces exaspera cuando intentamos que recuerden que iban a lavarse los dientes en lugar de ser atrapados por cualquier cosa en el camino al baño, pero que es, ante todo, algo que admirar.

La propuesta de Cameron es algo que leí antes mientras trabajaba, antes de la baja maternal. A veces me tomaba el camino andando al trabajo como esa cita pero era una cita rodeada de prisas y que trancurría a un ritmo vertiginoso. Ahora me veo en la terraza de una cafetería tomando un respiro entre destinos y el cuerpo me pide observar.

Pienso en todo lo que podría hacer pero la mirada pide quedarse donde está, nutrirse de imágenes, de caras, de relaciones, observar cómo se mueven los dedos de los pies del bebé que tienes encima.

Todo se ralentiza y parece que, por momentos, en lugar de luchar contra el tiempo, te deslizas con él como el aire fresco de una sombra en un día de verano todavía no sofocante, a la vez que escuchas música y aparece de pronto una mariposa blanca volando bajo en una calle peatonal.

A esto se refería, me digo. Y así es como un fragmento de tu vida de madre se convierte en un fragmento de vida de escritora, ambas te requieren lo mismo: estar aquí.

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