Hola, Siri

Tu hijo coge el móvil y se dispone a hablar con esa voz fruto de la inteligencia artificial que Apple ha bautizado como Siri.

– Hola, Carmen, dice M.
– ¿En qué Carmen?, responde Siri.
– No, M., Carmen es la voz del GPS, la del teléfono se llama Siri – apuntas tú, que estás en otros temas pero con la oreja puesta-.
– Vale -dice M.- Hola, Siri.

Entonces empiezan las preguntas con esa actitud de satisfacción avanzada al saber que al otro lado hay alguien, llámese Siri o Carmen o como se quiera, Seguir leyendo

La comunicación y los hijos

Un día, en el principio de tus días, algo me hace pensar en el significado genuino de la palabra comunicación. En lo que en realidad significa, en la profundidad de su esencia que se remonta al origen de los días, de los nuestros, como humanos –esta es una palabra que nos gusta mucho usar en la familia para hablar de los miembros de la especie-.

Estoy cambiándote, esa operación que se repite en numerosas ocasiones a diario, de forma mecánica incluso, llegados a cierto grado de experiencia. Nuestras caras están cerca, Seguir leyendo

Qué le dices a un bebé

Hablar con un bebé a solas tiene algo de ejercicio de escritura automática, sin la escritura pero con todo lo que implica de dejar ir a las palabras sin filtro y de descubrir, a medida que fluyen, todo lo que había dentro de nosotros y que no deja de ser sorprendente.

Tiene una vertiente lúdica, en la que nos escuchamos diciendo tonterías con una entonación extravagante, pero también otra trascendental, en la que nos dedicamos a transmitir a los recién llegados teorías de vida que, más adelante, necesitaremos elaborar pero que, por ahora, están bien así. Seguir leyendo

¡Buenos días, Sol!

Nunca hasta entonces le habías enseñado tu culo al sol. Blanco, blanco, salido de fábrica, hasta esa mañana en la que a tus padres les pareció una buena idea hacer una excursión a una zona de cascadas antes de llegar a los Pirineos. Aunque era enero, el día no recordaba al invierno, más bien a una primavera suave, llena de luz, de prados verdes y cielos nítidos con nubes dibujadas a lápiz por algún dios de unos ocho años. Sólo alguna capa de hielo en el agua y los árboles pelados recordaban la verdad del calendario. Llegaste dormido hasta allí, subido en una mochila que colgaba de los hombros de tu padre, a cuyos pies se proyectaba la sombra de un hombre embarazado.

Al despertar, habías pasado de estar en el interior de una casa a estar rodeado de piedras redondeadas por el agua que se deslizaba sin un fin aparente rebotando y salpicando de un nivel a otro. Tomaste tu desayuno envasado al vacío del pecho materno. Y, superado el sopor, tu padre arrancó para ti un trozo de hielo. El primer trozo de hielo de tu historia y de vuestra historia conjunta. Un trozo de hielo histórico, en definitiva, con su transparencia y sus burbujas y su frío helador en contacto con la mano, por diminuta que sea.

Después te llevó a acariciar las puntas de unos tallos infinitos. Y fue ahí cuando decidiste que era el momento de poner esa cara tan característica, mezcla de concentración y satisfacción futura, y que indica, sin lugar a dudas, que el intestino se va a liberar de una pesada carga, que pasará a ser soportada por un pañal, en el mejor de los casos.

Y allí mismo, mucho mejor que en un baño de bar con cambiador, tus padres sacaron una toalla azul con ositos y la extendieron al sol, para, a continuación, extenderte también a ti, para, a continuación, extraerte la pesada carga del pañal y dejar literalmente, por fin y por primera vez, tu culo al aire. Semejante frescor ya lo querrían para sí los anuncios de toallitas, pensó tu madre. Y tú aguantaste como siempre feliz por la liberación, mientras el sol emitía exclamaciones con sus rayos: “¡¿cómo puede ser que detrás de pañales tan grandes haya culos tan pequeños?!”.

En un lugar así sucedió todo

En un lugar así sucedió todo

En brazos de un taxista

Efectivamente, siempre hay una primera vez para estar en brazos de un taxista. Por ejemplo, la primera vez que tu madre se tiene que enfrentar a plegar el carro para que quepa en el maletero de su coche sin haber repasado cómo iba aquel trasto. La situación puede ser más o menos la siguiente: ella para un taxi en una calle de un solo carril. El taxi para en medio de la calle con una cola de coches detrás. Tu madre te coge en brazos y separa el capazo (la parte donde tú duermes o viajas cómodamente) del resto del carro (la estructura con las ruedas). Entonces viene cuando tiene que conseguir reducirlo a su mínima expresión, pero no puede. Seguir leyendo