Por primera vez, aunque sea la segunda

Hace quince días que nació A.  Era 21, el segundo día de la primavera de 2018 y el día mundial de la poesía -como apuntó Ana, esa poeta necesaria a la que hace demasiado que no leo o escucho leer-. Ahora lleva dos horas durmiendo y me ha dejado tiempo para escribir, algo que he estado posponiendo toda la mañana, gestión tras gestión.

Donde no dejé de escribir fue en el hospital, notas sin pretensiones que sirvieron para dejar constancia del tobogán emocional que supuso el parto, una cesárea programada para un miércoles. Una intervención rápida que transcurrió según lo esperado, sobre todo para los facultativos, que lo vivían con una naturalidad a años luz de mi estado entre la expectación y el estupor.

Fue la primera cesárea que presenció una estudiante/espectadora, que afirmó que había sido “muy emocionante”. Yo lo que notaba durante el proceso -y a pesar de la anestesia que el doctor iba actualizando respondiendo a mis quejas-, era cómo me estiraban la piel mientras hablaban. El sonido que siguió a las palabras “ahora saldrán las aguas”. Y, finalmente, su voz suave y la alegría generalizada por haber sacado al bebé unos 30 minutos después de que entráramos al quirófano. Mira qué preciosa es. ¿Puedes apartarte un poco para que la siga viendo desde la camilla? Vamos a haceros una foto. ¿Alguien tiene un móvil?

Lo sabíamos casi todo sobre el proceso, incluso lo emocionante que es ver a tu hijo en su primera aparición tras nueve meses de convivencia en el vientre materno. Pero saberlo no es sentirlo. Sentirlo como si nos pillara por sorpresa una y otra vez. Así fue. Tanto el momento de ver a A. por primera vez como algunos de los momentos que vinieron después. Inmersos hasta las rodillas o hasta el ombligo o hasta el pecho en emociones que, no por conocidas, se viven con menos intensidad. Incluso algunas nuevas, de las que tu compañero te ayuda a salir, o una meditación para niños o mirar por una ventana o cerrar los ojos o, sobre todo, mirar a tu hija y tenerla al lado.

Pero, así como en otras ocasiones cuando uno escribe puede llegar a tener la vocación de hablar en nombre de muchos, de poner voz a lo que otros sintieron, en este caso, siento que sólo puedo hablar por mí. Que cada experiencia de maternidad es diferente, incluso siendo la misma persona unos años más tarde. De ahí lo interesante de escuchar a cuantas voces quieran hablar de ello. Al leerlas diremos: sé exactamente a qué te refieres, o bien, no tiene nada que ver con lo que yo viví. Pero lo que tienen en común es que todas narrarán un proceso de transición, el de pasar de no ser madre a serlo, de cero a uno, a dos, tres o a diez hijos, con la magnitud que adquiere todo bajo ese nuevo prisma y que uno no experimenta hasta que atraviesa la línea imaginaria que lo separaba del otro lado.

PD sobre las primeras veces: hace cinco años que nació M., cinco años y medio, como puntualiza él cuando alguien le pregunta su edad. De hecho, fue en 2012 (hace ya 6 años) cuando inauguré este blog. M. nos ha enseñado todo lo que uno puede agradecer por ser padre y madre y lo que sabemos hasta hoy sobre cómo serlo. ¿Podemos seguir hablando entonces de Cosas que hicimos por primera vez? Por ahora sí. Aunque se agradezca en algunos aspectos la reducción del efecto novatada -del que también podríamos hablar-, la vida sucede por primera vez una y otra vez.

 

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