Lo que nos rodea

Todo el mundo sabe que hay fotos que se hacen solas. En ellas quedan registrados habitualmente pies, baldosas, el forro del bolso o el interior de un abrigo negro que bien podría ser cualquier otro lugar a oscuras. Sólo a veces te encuentras con instantes captados sin querer que te hacen darte cuenta de que lo que te rodea, muy de cerca, a modo de satélite incluso, es mucho mejor que todo eso. Unos centímetros por encima del nivel del mar y otros por debajo de tu cabeza hay unos pasos que la cámara no se ha podido resistir a fotografiar sin la intermediación de tu mirada.

Tardes de trópico

Hay tardes de semanas interminables que, de pronto, te regalan un billete de vuelta al Trópico. No te has marcado ningún objetivo más allá de pasar las horas en compañía de tu hijo de año y meses. Nada es una obligación: ni poner tu vida en orden, ni reponer una despensa, ni mucho menos cuidarlo… Vais a pasar la tarde juntos, una tarde libre, en la que tal vez acabes llenando la nevera y escondiendo calcetines tirados en una habitación, pero en la que el foco no está puesto en una carrera de obstáculos sino en un oasis en el que todo fluye a ritmo tropical. Estamos enfocados a la calma y al disfrute, al juego y a la risa, caminando por la ciudad juntos sabiendo que transcurrimos por un tiempo bien empleado, vivido en Lo importante, libre de absurdos. Percibimos cómo nos movemos más lentos que el resto del mundo, cómo nos salen sonrisas sinceras, desbordadas de gratitud cuando alguien nos cede todo el espacio que ocupamos en las calles y cómo a su vez esas sonrisas les transforman, les ralentizan también y les devuelven un fragmento de ese Importante, que por un momento habían olvidado, en forma de billete hacia el Trópico.

El calor de la tortilla

El otro día, mientras te daba de cenar, sentí la calidez de lo cotidiano. No sé exactamente qué es, sólo sé que esa escena me trasladó a mi propia infancia, a ese momento exacto en el que mi madre me daba de cenar a la luz de las bombillas. Una luz artificial y siempre insuficiente preside la escena. Tú estás sentado y tu madre merodea por la cocina, trayendo y llevándose comida, ahora una sopa, ahora una tortilla caliente, ahora sóplale un poquito, con el tenedor en la mano y los labios empujando un aire que se supone más frío que la tortilla. Y tú, mirando, testigo de un movimiento incesante que algún día recordarás a la vez que te recorre el cuerpo el calor al que tu madre sopló en aquella tortilla. Eso es, eso debe ser la calidez cotidiana.

La vuelta al mundo en 365 días

El mundo ha dado una vuelta completa desde que naciste. Estamos en el mismo lugar, mirándonos a los ojos con una risa que se escapa como el hipo, a borbotones. La carcajada también tuvo una primera vez. ¿En qué lugar debía estar el mundo cuando se produjo? Se detuvo un momento a escuchar y continuó su giro, con nosotros encima, cambiando de pantalla cada día justo en el momento en que subíamos la persiana. Como en los vídeojuegos, la vidajuego avanza superando retos, no siempre acordes a nuestro tamaño. Después de soplar una vela, caminar, correr, subirte en una bicicleta, un tractor, aprender a decir “alle” señalando a la puerta de salida como tu segunda palabra perfectamente comprensible después de “mamamamama” y tras algún intento de “agua” e infinitos de “papá”, que dominas en otros muchos idiomas: aita, dada… Después de todo eso, decía, hoy, tras la persiana, había un montón de ropa con tu nombre, un colchón portátil para echar siestas, una agenda escolar, fotos y una bata de rayas azules: por fin vas a presentarte al mundo como individuo independiente. Buenos días, me llamo M. y estoy aquí porque he pasado de pantalla. Vengo a conoceros y a conocerme. Influiréis en mí y yo en vosotros. Seréis algunos de los primeros nombres que recuerde. Y así una vez tras otra a lo largo de la vida, hasta que no nos queden fuerzas para subir la persiana y, aún así, el mundo siga rodando con nosotros en su rol de acogedor.

Entretiempo

Han pasado los meses como un verano eterno. Contigo al sol de los días no he percibido el cambio de las estaciones. No ha habido tristeza invernal, ni ansias de primavera, tampoco frío o calor extremos. Unas vacaciones calmadas de la mano de un tiempo que ha fluido sin prisas, no ha habido espesor o no lo recuerdo. Tal vez no recuerde nada. Sólo te estaba mirando. Y en ese mirarte continuo se me han escapado los puntos de inflexión en los que anclar una narración, más allá del comienzo: “naciste un 23 de agosto”. Sé que luego aprendiste a sonreír, nos entendimos, cantamos canciones que no habíamos oído nunca antes, pasaste de estar muy quieto a arrastrarte, de arrastrarte a gatear y a agarrarte a cualquier apoyo vertical con una felicidad extrema, como si el salto fuera el resorte de la alegría. Luego atesoraste pequeñas obsesiones: el interfono, la textura irresistible de los agujeros del cabezal de la cama, la lámpara de leds y ¿cómo conseguir comerse la luz o al menos atraparla con las manos?, los pestillos y los pomos, las patas de la mesa… Y vino el parque y los bastones y la comida de colores y las pelotas ajenas y propias, y levantar la mano para entender el mundo. Pero ¿cuándo sucedió todo? Veo cerca el final de esta tregua, de este estado de excepción vital y busco moralejas, resúmenes, conclusiones para enfrentarme al regreso con algo sólido entre las manos, algo a lo que aferrarme como tú te aferras a las barras de la maleta de ruedas para recorrer con convicción ya sea una estación de tren o los pasillos de una casa.

Densidades

Crece la lista de cosas sobre las que escribir, pero más lenta que tú. Se me han acumulado tantas, o más bien, tantas ganas, que aprovecho tu sueño para resarcirme escribiendo sobre una de ellas: la cualidad relativa del tiempo, la misma que nos levanta los pelos de la cabeza como lo haría una caída libre y los de brazos y piernas, como lo hace la piel de gallina. Así, con todo el vello del cuerpo en punta, en exclamación, en forma de rayos de sol, se acumulan las preguntas como plantas a nuestros pies, ansiosas de fotosíntesis.

-¿Cuánto han pesado estos días? -dice una de hojas lanceoladas-.

-¿Cuánta materia se ha llegado a condensar en ellos hasta transformarte en lo que hoy eres? ¿Cuánta, hasta transformarnos en lo que nosotros somos hoy? -interroga la de hoja abrazadora-.

-¿Por qué una desproporción tal entre la intensidad de la vida a su comienzo y la transparencia de los días que se pierden sin rastro en el resto de la historia? -remata un arbusto-.

¿Te has dormido?

Hemos caminado kilómetros y kilómetros en busca del sueño. Escondido entre las juntas de los adoquines, en pequeñas piedras del camino, o subido a un cuerpo que se mueve a trompicones. Avanzamos, me miras, te miro, me miras, te miro, hasta que giras las cabeza en busca de la calma que se esconde en los laterales de la vida. Entonces te duermes. Te acaricio los párpados en la distancia, una distancia mucho más corta de la que hemos recorrido juntos, y tantas veces, en busca del sueño.

Te estaré esperando cuando despiertes.

¿Cómo se vivía ahí dentro?

Se dice que uno está muy bien en el útero materno, pero nadie lo recuerda. Lo más cercano a ese recuerdo es el de tu propia madre embarazada. Esa experiencia que un día u otro acaba por ser idealizada. Por muy feliz que fuera contigo dentro, el recuerdo siempre será aún mejor. ¿Cómo no iba a serlo? Una vez en el exterior, resulta todavía más inverosímil que un ser tan querido a la par que espectacular pudiera haber vivido ahí antes.

Hay algunos artilugios que ayudan a evocar esa sensación. A tus padres les gustaba especialmente una mochila que les regalaron tus tíos Melchor. Un medio de transporte que era como una extensión del cuerpo. De tan pegado que ibas a sus troncos era como estar embarazado, pero con dos ventajas principales: una, poder abrazarte desde fuera y dos, verte en directo.

La duda que se genera es si dentro del útero materno actuabas de la misma manera que dentro de ese útero postizo que podría ser la mochila. Si fuera así, se podría concluir que te reías casi a carcajadas cuando el artilugio brincaba, te impacientabas hasta el pataleo cuando estaba parado, y te relajabas sobremanera cuando estaba en marcha, hasta tal punto que era casi automático que te pusieras a dormir. Eso explicaría la serenidad que inundaba a tu madre al bajar caminando al trabajo cada mañana, incluso si llegaba tarde. Y ésta podría ser la cara de la paz que desprendías al dormir.