La vuelta al mundo en 365 días

El mundo ha dado una vuelta completa desde que naciste. Estamos en el mismo lugar, mirándonos a los ojos con una risa que se escapa como el hipo, a borbotones. La carcajada también tuvo una primera vez. ¿En qué lugar debía estar el mundo cuando se produjo? Se detuvo un momento a escuchar y continuó su giro, con nosotros encima, cambiando de pantalla cada día justo en el momento en que subíamos la persiana. Como en los vídeojuegos, la vidajuego avanza superando retos, no siempre acordes a nuestro tamaño. Después de soplar una vela, caminar, correr, subirte en una bicicleta, un tractor, aprender a decir “alle” señalando a la puerta de salida como tu segunda palabra perfectamente comprensible después de “mamamamama” y tras algún intento de “agua” e infinitos de “papá”, que dominas en otros muchos idiomas: aita, dada… Después de todo eso, decía, hoy, tras la persiana, había un montón de ropa con tu nombre, un colchón portátil para echar siestas, una agenda escolar, fotos y una bata de rayas azules: por fin vas a presentarte al mundo como individuo independiente. Buenos días, me llamo M. y estoy aquí porque he pasado de pantalla. Vengo a conoceros y a conocerme. Influiréis en mí y yo en vosotros. Seréis algunos de los primeros nombres que recuerde. Y así una vez tras otra a lo largo de la vida, hasta que no nos queden fuerzas para subir la persiana y, aún así, el mundo siga rodando con nosotros en su rol de acogedor.

Cerca / Lejos

Cuando los brazos apenas nos miden 20 centímetros, el cerebro se encarga de evitar que nos sintamos tan pequeños como somos. Si lo supiéramos probablemente nos abordaría la parálisis. Cuando algo está tan lejos que parece inalcanzable a veces ni siquiera nos movemos. Por eso, con 20 centímetros de brazo, el cerebro se encarga de hacernos creer que podemos llegar a cualquier parte, gracias a no saber calcular las distancias. Extendemos el brazo para alcanzar una lámpara de mesa o la luna con el mismo convencimiento de que bastará con estirarlo hasta su límite para tocarlas. No sucede, pero volvemos a intentarlo una y otra vez y a nadie le importa que nos equivoquemos. Es más, aplauden el titánico esfuerzo ignorando el resultado, porque todos saben que lo esencial para seguir creciendo no es tocar el cielo sino ejercitar los músculos, aunque después lo olviden, o más bien, aunque después olviden por momentos que siguen teniendo derecho a crecer, que ése sigue siendo, de hecho, casi el único objetivo, aunque tal vez no.

Entretiempo

Han pasado los meses como un verano eterno. Contigo al sol de los días no he percibido el cambio de las estaciones. No ha habido tristeza invernal, ni ansias de primavera, tampoco frío o calor extremos. Unas vacaciones calmadas de la mano de un tiempo que ha fluido sin prisas, no ha habido espesor o no lo recuerdo. Tal vez no recuerde nada. Sólo te estaba mirando. Y en ese mirarte continuo se me han escapado los puntos de inflexión en los que anclar una narración, más allá del comienzo: “naciste un 23 de agosto”. Sé que luego aprendiste a sonreír, nos entendimos, cantamos canciones que no habíamos oído nunca antes, pasaste de estar muy quieto a arrastrarte, de arrastrarte a gatear y a agarrarte a cualquier apoyo vertical con una felicidad extrema, como si el salto fuera el resorte de la alegría. Luego atesoraste pequeñas obsesiones: el interfono, la textura irresistible de los agujeros del cabezal de la cama, la lámpara de leds y ¿cómo conseguir comerse la luz o al menos atraparla con las manos?, los pestillos y los pomos, las patas de la mesa… Y vino el parque y los bastones y la comida de colores y las pelotas ajenas y propias, y levantar la mano para entender el mundo. Pero ¿cuándo sucedió todo? Veo cerca el final de esta tregua, de este estado de excepción vital y busco moralejas, resúmenes, conclusiones para enfrentarme al regreso con algo sólido entre las manos, algo a lo que aferrarme como tú te aferras a las barras de la maleta de ruedas para recorrer con convicción ya sea una estación de tren o los pasillos de una casa.

¡Bravo!

El aplauso es una expresión innata de alegría. Viéndote aplaudir me convenzo de que no es algo arbitrario, no es una convención social para expresar la euforia, sino que es la euforia misma la que culmina en ese encuentro entre las manos. En ese chispazo las manos hablan por sí mismas y canalizan una emoción incontenible con un lenguaje que antecede al de las palabras. Me sorprende porque no soy el perfil de humano que a la pregunta “¿qué es en lo primero que te fijas de una persona?” responda “en las manos”. Tiendo a fijarme en ellas pasado algún tiempo. Sin embargo, me atrevo a afirmar que, del mismo modo que hay gente que habla por los codos toda su vida, el resto hemos hablado por las manos alguna vez, mucho antes de albergar la idea de que era imposible que ellas hablaran por sí mismas.

A lo mejor caen gotas hoy

¿Llueve? Hay un gesto que acompaña casi siempre a esa pregunta, consiste en estirar la mano hacia arriba y esperar a que la respuesta caiga en forma de intermitencia acuosa. Sin embargo, la aparición de ese gesto en nuestro cuerpo es muy anterior a que sepamos qué es la lluvia. Con 9 meses más o menos puede llegar a ser tan frecuente que haya que ver en él el indicio de una revelación.

¿Levantas la mano con la palma abierta como quien espera la lluvia, porque es sed de vida lo que tienes? ¿La estiras como quien expande los brazos al aire en la cima de una montaña para poder absorver el paisaje en una respiración ampliada? O mejor aún, ¿la elevas para compartir la alegría de tu descubrimiento? ¡Mirad! ¿Acaso no lo véis? Está por todas partes, ¡todo un mundo nos rodea!

Densidades

Crece la lista de cosas sobre las que escribir, pero más lenta que tú. Se me han acumulado tantas, o más bien, tantas ganas, que aprovecho tu sueño para resarcirme escribiendo sobre una de ellas: la cualidad relativa del tiempo, la misma que nos levanta los pelos de la cabeza como lo haría una caída libre y los de brazos y piernas, como lo hace la piel de gallina. Así, con todo el vello del cuerpo en punta, en exclamación, en forma de rayos de sol, se acumulan las preguntas como plantas a nuestros pies, ansiosas de fotosíntesis.

-¿Cuánto han pesado estos días? -dice una de hojas lanceoladas-.

-¿Cuánta materia se ha llegado a condensar en ellos hasta transformarte en lo que hoy eres? ¿Cuánta, hasta transformarnos en lo que nosotros somos hoy? -interroga la de hoja abrazadora-.

-¿Por qué una desproporción tal entre la intensidad de la vida a su comienzo y la transparencia de los días que se pierden sin rastro en el resto de la historia? -remata un arbusto-.

Hola, Luna. Firma invitada número 2: Carol ojos intrépidos (siempre más allá)

Mi hijo hoy ha mirado al cielo y ha señalado la Luna. No sabía lo que era y yo le he dicho: “Sí, Darío, la Luna”. Y él ha dicho “Hola Luna”. Qué impacto. Más que cuando dice “Hola puerta” y “Hola cactus”. Eso me hace gracia pero lo de “Hola Luna” es como mágico. Saludar a algo tan lejano es raro y él lo ha hecho con una naturalidad increíble. Para él la Luna es tan cercana como las pinzas de tender la ropa. Digo las pinzas porque son uno de sus juguetes favoritos.
En algún momento se dará cuenta de que la gente solo saluda a las personas o a los animales pero yo le recordaré que él saludaba a la Luna y que la puede seguir saludando.

Firma invitada número 1: Anita Pez

Soy nuevo y todos me miran como si fuera prodigioso. Se sonríen y me abrazan. Se sorprenden con cada uno de mis bostezos como si ellos mismos no bostezaran. Yo no me siento especial pero, con tantas atenciones he empezado a pensar que debo ser alguien importante. ¡Quizá soy el rey de la tribu!

Algunas veces ejerzo como tal y les pongo a prueba para comprobar si me son verdaderamente fieles. Pero, por muy alto que ponga el nivel, no hay obstáculo físico o emocional que no soporten. Quién sabe, quizá he llegado a un planeta de súper héroes…

Por ahora disfruto de mi condición de querido y soy feliz. Tengo todas mis necesidades de besos, abrazos, verduras y leche cubiertas. Ellos están allí para dormirme, abrazarme por mucho que me emberrenchine y reírme todos mis deditos gordos de los pies. Me gusta verlos embobados cuando descubro el césped o su cara de sufrimiento y aprensión cuando me acerco a la pantalla de la tele con mi súper maraca de papel maché.

A veces pienso que la vida, sin duda, debería empezar al revés…

Firmado: Leo

Firmas invitadas

Me gusta leer. Entre mis autores desconocidos predilectos están: aquellos que escriben, por ejemplo: nosirveparanada.com o maremeva.wordpress.com, y aquellos otros que últimamente no escriben casi o lo hacen para sus adentros, por ejemplo: penaleat.blogspot.com, sweetmondays.com o teleodesdeaqui.blogspot.com. Casualmente, estos últimos llevan meses haciendo, de forma desenfrenada, cosas por primera vez. Con esa excusa, se me ocurrió que podría arrancarles algunos textos, para leerles más, para reírme, curarme, admirarme con ellos en letra, como lo hago en persona. Todos dijeron que sí, así que, a partir de ahora, serán firmas invitadas, con la asiduidad de lo que se hace esperar pero se deja ver.

¿Te has dormido?

Hemos caminado kilómetros y kilómetros en busca del sueño. Escondido entre las juntas de los adoquines, en pequeñas piedras del camino, o subido a un cuerpo que se mueve a trompicones. Avanzamos, me miras, te miro, me miras, te miro, hasta que giras las cabeza en busca de la calma que se esconde en los laterales de la vida. Entonces te duermes. Te acaricio los párpados en la distancia, una distancia mucho más corta de la que hemos recorrido juntos, y tantas veces, en busca del sueño.

Te estaré esperando cuando despiertes.