Tardes de trópico

Hay tardes de semanas interminables que, de pronto, te regalan un billete de vuelta al Trópico. No te has marcado ningún objetivo más allá de pasar las horas en compañía de tu hijo de año y meses. Nada es una obligación: ni poner tu vida en orden, ni reponer una despensa, ni mucho menos cuidarlo… Vais a pasar la tarde juntos, una tarde libre, en la que tal vez acabes llenando la nevera y escondiendo calcetines tirados en una habitación, pero en la que el foco no está puesto en una carrera de obstáculos sino en un oasis en el que todo fluye a ritmo tropical. Estamos enfocados a la calma y al disfrute, al juego y a la risa, caminando por la ciudad juntos sabiendo que transcurrimos por un tiempo bien empleado, vivido en Lo importante, libre de absurdos. Percibimos cómo nos movemos más lentos que el resto del mundo, cómo nos salen sonrisas sinceras, desbordadas de gratitud cuando alguien nos cede todo el espacio que ocupamos en las calles y cómo a su vez esas sonrisas les transforman, les ralentizan también y les devuelven un fragmento de ese Importante, que por un momento habían olvidado, en forma de billete hacia el Trópico.

Las grandes personas tienen cajitas dentro

Llegas a los treinta (entendidos como década) pensando que te conoces, que has aprendido a dominar casi todas tus pasiones, que ya no hay nada para lo que no tengas respuesta sobre ti mismo y va y te haces madre. Y queda al descubierto que tus viejos defectos son los mismos y que, nuevamente, tendrás que pulirlos a conciencia para no sucumbir a la imbecilidad a la que te empujan. Es duro decirlo, pero algunos, si nos dejáramos llevar, seríamos considerablemente insoportables. Así que el mérito reside en no serlo finalmente, aunque sea esfuerzos mediante. Ahí está una persona de unos ochenta centímetros desafiando los límites de tu bondad, el espacio de tu ego, tu capacidad para desprender invulnerabilidad en las situaciones más inverosímiles o incluso en las más verosímiles,

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Firma invitada número 4: Silvia. Cuéntame un cuento (y que sea de miedo)

Me despierto. Alguien me está agarrando fuertemente por detrás, exactamente por el cuello, no deja que me mueva y me está ahogando. Pienso: es Berta, mi hija, hoy se ha dormido en mi cama. Me la quito de encima como puedo. Cuando lo consigo miro a mi lado y veo que duerme plácidamente. No es ella. Busco. Veo una sombra que se mueve hacía la cocina. Enciendo la luz. No funciona. Tranquila, me digo, estamos en un sueño. Con el paso del tiempo he aprendido un truco para utilizar dentro de los sueños. Recuerdo cómo he dejado algún trasto antes de dormir, busco cosas que utilizo normalmente y no están, me cercioro de

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El calor de la tortilla

El otro día, mientras te daba de cenar, sentí la calidez de lo cotidiano. No sé exactamente qué es, sólo sé que esa escena me trasladó a mi propia infancia, a ese momento exacto en el que mi madre me daba de cenar a la luz de las bombillas. Una luz artificial y siempre insuficiente preside la escena. Tú estás sentado y tu madre merodea por la cocina, trayendo y llevándose comida, ahora una sopa, ahora una tortilla caliente, ahora sóplale un poquito, con el tenedor en la mano y los labios empujando un aire que se supone más frío que la tortilla. Y tú, mirando, testigo de un movimiento incesante que algún día recordarás a la vez que te recorre el cuerpo el calor al que tu madre sopló en aquella tortilla. Eso es, eso debe ser la calidez cotidiana.

Certidumbres

Hay una etapa al principio de nuestra vida en la que nos encanta saber lo que va a pasar a continuación, que una escena se repita veinte veces nos hace sentir veinte veces bien. Seguros. Felices. Tenemos el poder de avanzar acontecimientos, acariciamos el placer de saber qué vendrá a continuación y luchamos con todas nuestras fuerzas porque esa sensación se repita una y otra vez, en forma de cuento repetido una y otra vez, o de broma repetida una y otra vez, o de escondite repetido una y otra vez. Lo único que nos importa es saborear la certidumbre ignorando que siempre tiene un límite.

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La vuelta al mundo en 365 días

El mundo ha dado una vuelta completa desde que naciste. Estamos en el mismo lugar, mirándonos a los ojos con una risa que se escapa como el hipo, a borbotones. La carcajada también tuvo una primera vez. ¿En qué lugar debía estar el mundo cuando se produjo? Se detuvo un momento a escuchar y continuó su giro, con nosotros encima, cambiando de pantalla cada día justo en el momento en que subíamos la persiana. Como en los vídeojuegos, la vidajuego avanza superando retos, no siempre acordes a nuestro tamaño. Después de soplar una vela, caminar, correr, subirte en una bicicleta, un tractor, aprender a decir “alle” señalando a la puerta de salida como tu segunda palabra perfectamente comprensible después de “mamamamama” y tras algún intento de “agua” e infinitos de “papá”, que dominas en otros muchos idiomas: aita, dada… Después de todo eso, decía, hoy, tras la persiana, había un montón de ropa con tu nombre, un colchón portátil para echar siestas, una agenda escolar, fotos y una bata de rayas azules: por fin vas a presentarte al mundo como individuo independiente. Buenos días, me llamo M. y estoy aquí porque he pasado de pantalla. Vengo a conoceros y a conocerme. Influiréis en mí y yo en vosotros. Seréis algunos de los primeros nombres que recuerde. Y así una vez tras otra a lo largo de la vida, hasta que no nos queden fuerzas para subir la persiana y, aún así, el mundo siga rodando con nosotros en su rol de acogedor.

Cerca / Lejos

Cuando los brazos apenas nos miden 20 centímetros, el cerebro se encarga de evitar que nos sintamos tan pequeños como somos. Si lo supiéramos probablemente nos abordaría la parálisis. Cuando algo está tan lejos que parece inalcanzable a veces ni siquiera nos movemos. Por eso, con 20 centímetros de brazo, el cerebro se encarga de hacernos creer que podemos llegar a cualquier parte, gracias a no saber calcular las distancias. Extendemos el brazo para alcanzar una lámpara de mesa o la luna con el mismo convencimiento de que bastará con estirarlo hasta su límite para tocarlas. No sucede, pero volvemos a intentarlo una y otra vez y a nadie le importa que nos equivoquemos. Es más, aplauden el titánico esfuerzo ignorando el resultado, porque todos saben que lo esencial para seguir creciendo no es tocar el cielo sino ejercitar los músculos, aunque después lo olviden, o más bien, aunque después olviden por momentos que siguen teniendo derecho a crecer, que ése sigue siendo, de hecho, casi el único objetivo, aunque tal vez no.

Entretiempo

Han pasado los meses como un verano eterno. Contigo al sol de los días no he percibido el cambio de las estaciones. No ha habido tristeza invernal, ni ansias de primavera, tampoco frío o calor extremos. Unas vacaciones calmadas de la mano de un tiempo que ha fluido sin prisas, no ha habido espesor o no lo recuerdo. Tal vez no recuerde nada. Sólo te estaba mirando. Y en ese mirarte continuo se me han escapado los puntos de inflexión en los que anclar una narración, más allá del comienzo: “naciste un 23 de agosto”. Sé que luego aprendiste a sonreír, nos entendimos, cantamos canciones que no habíamos oído nunca antes, pasaste de estar muy quieto a arrastrarte, de arrastrarte a gatear y a agarrarte a cualquier apoyo vertical con una felicidad extrema, como si el salto fuera el resorte de la alegría. Luego atesoraste pequeñas obsesiones: el interfono, la textura irresistible de los agujeros del cabezal de la cama, la lámpara de leds y ¿cómo conseguir comerse la luz o al menos atraparla con las manos?, los pestillos y los pomos, las patas de la mesa… Y vino el parque y los bastones y la comida de colores y las pelotas ajenas y propias, y levantar la mano para entender el mundo. Pero ¿cuándo sucedió todo? Veo cerca el final de esta tregua, de este estado de excepción vital y busco moralejas, resúmenes, conclusiones para enfrentarme al regreso con algo sólido entre las manos, algo a lo que aferrarme como tú te aferras a las barras de la maleta de ruedas para recorrer con convicción ya sea una estación de tren o los pasillos de una casa.

¡Bravo!

El aplauso es una expresión innata de alegría. Viéndote aplaudir me convenzo de que no es algo arbitrario, no es una convención social para expresar la euforia, sino que es la euforia misma la que culmina en ese encuentro entre las manos. En ese chispazo las manos hablan por sí mismas y canalizan una emoción incontenible con un lenguaje que antecede al de las palabras. Me sorprende porque no soy el perfil de humano que a la pregunta “¿qué es en lo primero que te fijas de una persona?” responda “en las manos”. Tiendo a fijarme en ellas pasado algún tiempo. Sin embargo, me atrevo a afirmar que, del mismo modo que hay gente que habla por los codos toda su vida, el resto hemos hablado por las manos alguna vez, mucho antes de albergar la idea de que era imposible que ellas hablaran por sí mismas.

A lo mejor caen gotas hoy

¿Llueve? Hay un gesto que acompaña casi siempre a esa pregunta, consiste en estirar la mano hacia arriba y esperar a que la respuesta caiga en forma de intermitencia acuosa. Sin embargo, la aparición de ese gesto en nuestro cuerpo es muy anterior a que sepamos qué es la lluvia. Con 9 meses más o menos puede llegar a ser tan frecuente que haya que ver en él el indicio de una revelación.

¿Levantas la mano con la palma abierta como quien espera la lluvia, porque es sed de vida lo que tienes? ¿La estiras como quien expande los brazos al aire en la cima de una montaña para poder absorver el paisaje en una respiración ampliada? O mejor aún, ¿la elevas para compartir la alegría de tu descubrimiento? ¡Mirad! ¿Acaso no lo véis? Está por todas partes, ¡todo un mundo nos rodea!