El sueño

Nunca te ha gustado dormirte, al menos hacerlo tomando conciencia de ello. Siempre has tenido que desviar tu atención con cualquier cosa para no lanzarte al abismo de la oscuridad de unos ojos cerrados que encierran a su vez la voluntad durante unas horas. El sueño lo vence todo, nos vence a nosotros y después a la realidad que nos abruma y que se agolpa ante nosotros justo antes de caer rendidos, como la ropa en una lavadora apretada esperando el jabón. Y es el jabón lo que no llega, o lo que llega mejor cuando uno está distraído. Por ejemplo, estás llorando y tu padre va a consolarte contándote una historia que empieza muy flojita, apenas se oye pero va superponiéndose al llanto que no cesa. No cede porque lo que tienes es vértigo al abismo y lo que necesitas, más allá de su presencia, es no mirar. Así que tu padre sigue contándote esa historia, sin levantar el tono, para que dejes de mirar y, de pronto, hace una pregunta: “¿tienen manos los patos? No, ¿verdad?” Y a ti no te queda otro remedio que contestar y olvidar en ese minuto exacto que estabas llorando y aferrarte a esa historia que por fin te ha hecho levantar la vista. “No. Los patos no tienen manos”, respondes. Y con esa certeza y unas cuantas palabras más, por fin puedes dormir.

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