La comunicación y los hijos

Un día, en el principio de tus días, algo me hace pensar en el significado genuino de la palabra comunicación. En lo que en realidad significa, en la profundidad de su esencia que se remonta al origen de los días, de los nuestros, como humanos –esta es una palabra que nos gusta mucho usar en la familia para hablar de los miembros de la especie-.

Estoy cambiándote, esa operación que se repite en numerosas ocasiones a diario, de forma mecánica incluso, llegados a cierto grado de experiencia. Nuestras caras están cerca, nuestros ojos pueden encontrarse con la distancia suficiente como para que el acto de mirarse no resulte incómodo.

Insisto en buscar tu mirada, tienes entonces alrededor de los dos meses. Llevo buscando tu mirada desde que naciste. Y nos miras, nos miras pero nos ves a medias. Hasta ese día. Ese día busco tu mirada y la encuentro, y tu encuentras la mía.

Nos miramos por primera vez al fondo de los ojos y, de forma inmediata, sin una reflexión consciente, me inunda una emoción profunda, de esas silenciosas que te humedecen la mirada en milésimas de segundo. Porque nos hemos visto al fin. Y ese encuentro nos hace conscientes de que estamos ahí, ahí dentro, además de estar fuera.

 

Pasan los días y los meses, ya ríes a sabiendas. Nos miramos todo cuanto podemos, cada mañana al despertar, en los cambios de pañal, en los paseos en carro. Empiezas a emitir discursos que se articulan alrededor del sonido “ga”, un largo ga, un ga corto, otro intermedio, formando una historia coherente a tu manera. Pasamos largos ratos charlando en clave ga.

La queja se manifiesta, más allá del llanto -como previa a menudo-, con una larga n, algún así como eeennnneeee. La comunicación ha ido un paso más allá, buscando a tientas las palabras.

 

Entonces viene el grito, la carcajada, el aullido de emoción, de “esto tengo que soltarlo”. A menudo acompañado de un pataleo, de un encoger y estirar de extremidades, para dar rienda suelta a la alegría, a todo lo que tienes que decir. Eso me recuerda que debemos bailar más, soltarlo todo también con el cuerpo, y cantar -porque también cantas-, cantar bien alto para expresar lo que nos vive dentro. Eres A. y tienes recién cumplidos 5 meses.

 

Y, de pronto, 6 años, recién cumplidos. Ahora eres M. y haces una pregunta, hemos pasado de poder mirarnos a poder convocar al otro para encontrar una respuesta. ¿Tú por qué me quieres? No es una pregunta en un entorno formal, sentados como mínimo alrededor de una mesa. No, estamos pululando por el baño cuando decides formularla. Algo nos interrumpe y la pregunta queda colgando en el aire de un hogar disperso. Unos segundos de tregua para pensarlo.

¿Debo decirte que es por lo bueno que eres, porque eres divertido, porque eres una maravillosa persona, porque eres mi hijo, porque eres M.? ¿Te quiero porque sí? Esa no es respuesta, se parece demasiado a aquella otra que usamos para evitar explicaciones. ¿Te quiero sin más porque lo haría aunque fueras aburrido y pedorro?

Sin posibilidad de consultar en ese momento ningún ejemplar sobre educación ni preguntarle a un buscador cómo transmitirle a un hijo el concepto del amor incondicional, se me ocurre que tal vez lo mejor sea devolverte la pregunta para que puedas ayudarme a encontrar la respuesta que necesitas, ¿y tú por qué me quieres?

Respondes encogiéndote de hombros, como lo haces tú, subiéndolos mucho a la vez que que estiras los labios hacia abajo, las cejas hacia arriba y abres mucho los ojos, enfatizando el movimiento.

Entonces la comunicación avanza unos kilómetros más allá, ahora con un abrazo y con la aceptación de no saber siempre cuál es la respuesta correcta, con la liviandad que da compartir esa ignorancia.

 

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