Gestos

Hay gestos que van asociados de forma natural a la alegría, aún sin saberlo antes de convivir con un bebé. Uno de ellos es la pedorreta, la pedorreta que sale desde lo más profundo del ser para expandir su vibración por el aire hasta que ya no queda ni una gota en los mofletes previamente henchidos.

No se trata de una pedorreta aprendida, es una pedorreta innata. La materialización del dicho “no caber en sí de gozo” y, por ello, tener que explotar por alguna parte, dejar salir tanta satisfacción contenida. Dan ganas de imitarlo, como sucede siempre ante la autenticidad, valga la paradoja. Estar de pronto en un lugar y coger aire, mucho aire, hinchar las mejillas, juntar los labios y, con toda la fuerza, hacerlos vibrar imaginándolos como un aplauso infinito a cámara lenta. Y, sin embargo, no es tan sencillo, pruébenlo.

Otro gesto innato, por más que cueste de creer, es ese giro de muñeca tan asociado a las sevillanas o a los cinco lobitos, según se mire y según la gracia. A. aprendió a hacerlo de pronto un día y le fascinó hasta tal punto que no dejó de practicarlo en todo el día, a la vez que miraba su mano como quien observa a un ejemplar de lince ibérico por primera vez. Desde entonces, a ratos vuelve a este gesto, en el que puede concentrarse y meditar a su manera, que es su estado natural en realidad.

En este caso, uno lo imita para alcanzar a saber qué se debe sentir pero ni parecen sevillanas ni cinco lobitos sino el gesto de desenroscar una bombilla, en una mano con millones de surcos más que la del bebé de 6 meses y con los nudillos ya hacia fuera, en contraste con los hoyuelos que aún son los suyos. Sigues practicando, ahora con las dos manos, acentuando más el giro de muñeca, estirando con más ganas los dedos y, efectivamente, la sensación es liberadora, un dejar atrás simbólico, que a modo de ventilador aleja de tu espacio aquello que te sobra.

Incorporarlos en público no será fácil, pero siempre nos quedará ese momento en el que todos duermen.

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