Formas de jugar a pelota

Hay una forma tradicional, establecida, de enseñar a jugar a pelota a un bebé que todavía no camina pero ya puede sostenerla en sus manos. Pongamos que tiene 11 meses. Tú, la madre, estás sentada en el suelo delante de ella a la distancia justa para que la pelota pueda rodar unos segundos desde tu campo base hasta el suyo. Empiezas el entrenamiento: “mira A., una pelota. Te la voy a pasar. Uuuuuu (aquí emites un sonido difícil de reproducir por escrito, podríamos llamarla “onomatopeya de madre/padre invocando alegría” u “onomatopeya de padre/madre mostrando el grado máximo de entusiasmo”). A. te mira desde su campo base con cara de expectación y su “sonrisa de hija/o invocando actuación estelar de madre/padre”, provocada por la previa “onomatopeya de madre/padre en su grado máximo de entusiasmo”.

Una vez culminado el ritual, ahora sí, sientes que es el momento de lanzar la pelota. La lanzas, llega con éxito hasta el bebé. A. vuelve a sonreír, entusiasmada por el regalo. Es una pelota pequeña, más blanda y más pequeña que una pelota de tenis, el sucedáneo clásico: una pelota de palas de playa, preferiblemente de color fluorescente por si se cae al agua, porque se presupone la calidad de aficionados de los jugadores estacionales, no por ello menos felices intentando golpear en el blanco, haciendo la clásica broma cuando no lo logran de “hay un agujero en mi pala”.

A. no sabe todo eso, pero la coge con una sola mano y la observa como observaríamos nosotros algo que cayera en nuestras manos por primera vez venido de otro planeta. La mira, desde todas las perspectivas posibles, moviendo la mano como sólo los bebés saben hacerlo cuando tienen una pelota de palas en la mano. Tú, al otro lado, sigues con tu objetivo en mente: “pásamela, A. Pásamela, bonita”. Y acompañas la frase del típico golpecito en el suelo indicando dónde podría enviarte la pelota para salvar la distancia que os separa.

Pero ella te mira sonriendo y extendiendo el brazo sin ninguna intención de pasarte la pelota sino de dártela en mano. Tú insistes. Golpecito en el suelo. El signo universal de rodar y rodar. “Pásamela, bonita. Así, así, por el suelo”. Pero ella te está enseñando la pelota. La levanta en el aire, como un astro que hubiéramos podido alcanzar con una mano. Te mira y te sonríe. Ofreciéndotela.

Es entonces, tras cuatro o cinco intentos inútiles más de transmitir tu conocimiento respecto al tradicional juego de pelota, cuando te quedas mirando esa pelota fluorescente sostenida en el aire, y te das cuenta de que hay otras maneras de jugar.

Mirando esa pelota fluorescente, ese gesto del brazo extendido que la sostiene, esa mirada invitándote a cogerla con tu propia mano, directamente de su mano y sin necesidad de lanzamiento, es cuando descubres, una vez más como observador de la vida al principio, que hay otras maneras de relacionarse con una pelota, pero también con el otro y con el propio mundo, otras formas que implican mucha más suavidad y ternura. Otras formas de transacción con brazos que se extienden al encuentro del otro, que ha entendido, por fin, que la pelota también puede pasarse de mano en mano.

“Arriba / abajo” en series de 8

Ponerse de pie. Una y otra vez. Soltar una mano y ver cómo te sostienes, o caer. Reír por el intento, por poder volver a probar. Agarrarte a ese límite que te separa de la amplitud del mundo para que duermas, y usarlo para ejercitar tu habilidad para explorarlo. Así es como te relacionas con la madera que rodea a tu cuna y que has convertido en la típica barra enganchada a un espejo de las clases de baile.

 

Un lugar al que agarrarse para ampliar tu repertorio de movimientos, para retrasar el momento de coger el sueño. Para alargar el día doblando y estirando las rodillas, el prólogo de un salto repetido hasta la saciedad de tu sonrisa. Sonrisa saciada. Eso es, ese momento, una alegría que alimenta, que alimentas.  

 

Nunca pongas un jarrón chino en la mano de un bebé

Cuando crecemos necesitamos hacer un esfuerzo consciente por dirigir nuestra atención a aquello en lo que queremos enfocarnos. Eso dicen. Y a los que nos gusta hacer muchas cosas a la vez porque con una sola tememos aburrimos, nos cuesta creerlo. Sin embargo, cuando estás cerca de un bebé, esa teoría resulta irrefutable y además de una forma muy explícita.

A. tiene en una mano algo que le interesa. Ve un segundo objeto atractivo y lo alcanza con la otra mano. Está bien, podemos manejar dos cosas a la vez. Pero, ¿qué pasa cuando aparece un tercer elemento deseable? Una de las dos manos se abre y simplemente deja caer en picado lo que tenía, sin ni siquiera darse cuenta, para que la mano quede libre para dirigirse al tercer objeto. Y así indefinidamente. Mano abierta, mano cerrada, mano abierta, mano cerrada. Conclusión 1: Dos cosas a la vez, bien. Tres ya, malabarismo. Conclusión 2: véase título.

Cómo leer las manos (de otra forma)

Hay algo de mágico en las manos de un bebé. Cuando todavía no cuentan con la herramienta del lenguaje, las manos son otra voz a la que observar de cerca. A. las mueve con una especie de serenidad consciente cuando va a comunicarse con ellas. Eso es lo que yo interpreto, desde fuera lo que se ve es una mano pequeña que se mueve de forma pausada y progresiva, ocupando el espacio con elegancia, hasta emitir el gesto que buscaba, como quien busca una palabra.

La mano puede decir, después de un rato observándote, Seguir leyendo

Cargarse de respuestas

Hay un día en la historia de casi todos en el que pronuncias tu primer “¿por qué?” y, cuando alguien te responde, te conviertes de pronto en adicto a esa fórmula: ¿Por qué? Respuesta. ¿Por qué? Respuesta. ¿Por qué? Respuesta. Puede ser que incluso preguntes lo mismo varios días seguidos, aun sabiendo la respuesta, porque la sabes, sé que la sabes, pero te produce un extraño placer que alguien te reafirme en lo que ya crees -eso explica muchas cosas sobre nuestras afinidades en la edad adulta-. El caso es que después del primer por qué viene el infinito y es algo que se repite humano tras humano. Alrededor de los dos años y medio, de pronto sientes que necesitas cargarte de respuestas, probablemente con la esperanza aún inconsciente de reducir al máximo asumible el número de silencios que habrás de acumular tras un interrogante el resto de la vida.

Certidumbres

Hay una etapa al principio de nuestra vida en la que nos encanta saber lo que va a pasar a continuación, que una escena se repita veinte veces nos hace sentir veinte veces bien. Seguros. Felices. Tenemos el poder de avanzar acontecimientos, acariciamos el placer de saber qué vendrá a continuación y luchamos con todas nuestras fuerzas porque esa sensación se repita una y otra vez, en forma de cuento repetido una y otra vez, o de broma repetida una y otra vez, o de escondite repetido una y otra vez. Lo único que nos importa es saborear la certidumbre ignorando que siempre tiene un límite.

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Cerca / Lejos

Cuando los brazos apenas nos miden 20 centímetros, el cerebro se encarga de evitar que nos sintamos tan pequeños como somos. Si lo supiéramos probablemente nos abordaría la parálisis. Cuando algo está tan lejos que parece inalcanzable a veces ni siquiera nos movemos. Por eso, con 20 centímetros de brazo, el cerebro se encarga de hacernos creer que podemos llegar a cualquier parte, gracias a no saber calcular las distancias. Extendemos el brazo para alcanzar una lámpara de mesa o la luna con el mismo convencimiento de que bastará con estirarlo hasta su límite para tocarlas. No sucede, pero volvemos a intentarlo una y otra vez y a nadie le importa que nos equivoquemos. Es más, aplauden el titánico esfuerzo ignorando el resultado, porque todos saben que lo esencial para seguir creciendo no es tocar el cielo sino ejercitar los músculos, aunque después lo olviden, o más bien, aunque después olviden por momentos que siguen teniendo derecho a crecer, que ése sigue siendo, de hecho, casi el único objetivo, aunque tal vez no.

¡Bravo!

El aplauso es una expresión innata de alegría. Viéndote aplaudir me convenzo de que no es algo arbitrario, no es una convención social para expresar la euforia, sino que es la euforia misma la que culmina en ese encuentro entre las manos. En ese chispazo las manos hablan por sí mismas y canalizan una emoción incontenible con un lenguaje que antecede al de las palabras. Me sorprende porque no soy el perfil de humano que a la pregunta “¿qué es en lo primero que te fijas de una persona?” responda “en las manos”. Tiendo a fijarme en ellas pasado algún tiempo. Sin embargo, me atrevo a afirmar que, del mismo modo que hay gente que habla por los codos toda su vida, el resto hemos hablado por las manos alguna vez, mucho antes de albergar la idea de que era imposible que ellas hablaran por sí mismas.

A lo mejor caen gotas hoy

¿Llueve? Hay un gesto que acompaña casi siempre a esa pregunta, consiste en estirar la mano hacia arriba y esperar a que la respuesta caiga en forma de intermitencia acuosa. Sin embargo, la aparición de ese gesto en nuestro cuerpo es muy anterior a que sepamos qué es la lluvia. Con 9 meses más o menos puede llegar a ser tan frecuente que haya que ver en él el indicio de una revelación.

¿Levantas la mano con la palma abierta como quien espera la lluvia, porque es sed de vida lo que tienes? ¿La estiras como quien expande los brazos al aire en la cima de una montaña para poder absorver el paisaje en una respiración ampliada? O mejor aún, ¿la elevas para compartir la alegría de tu descubrimiento? ¡Mirad! ¿Acaso no lo véis? Está por todas partes, ¡todo un mundo nos rodea!