Cargarse de respuestas

Hay un día en la historia de casi todos en el que pronuncias tu primer “¿por qué?” y, cuando alguien te responde, te conviertes de pronto en adicto a esa fórmula: ¿Por qué? Respuesta. ¿Por qué? Respuesta. ¿Por qué? Respuesta. Puede ser que incluso preguntes lo mismo varios días seguidos, aun sabiendo la respuesta, porque la sabes, sé que la sabes, pero te produce un extraño placer que alguien te reafirme en lo que ya crees -eso explica muchas cosas sobre nuestras afinidades en la edad adulta-. El caso es que después del primer por qué viene el infinito y es algo que se repite humano tras humano. Alrededor de los dos años y medio, de pronto sientes que necesitas cargarte de respuestas, probablemente con la esperanza aún inconsciente de reducir al máximo asumible el número de silencios que habrás de acumular tras un interrogante el resto de la vida.

Certidumbres

Hay una etapa al principio de nuestra vida en la que nos encanta saber lo que va a pasar a continuación, que una escena se repita veinte veces nos hace sentir veinte veces bien. Seguros. Felices. Tenemos el poder de avanzar acontecimientos, acariciamos el placer de saber qué vendrá a continuación y luchamos con todas nuestras fuerzas porque esa sensación se repita una y otra vez, en forma de cuento repetido una y otra vez, o de broma repetida una y otra vez, o de escondite repetido una y otra vez. Lo único que nos importa es saborear la certidumbre ignorando que siempre tiene un límite.

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Cerca / Lejos

Cuando los brazos apenas nos miden 20 centímetros, el cerebro se encarga de evitar que nos sintamos tan pequeños como somos. Si lo supiéramos probablemente nos abordaría la parálisis. Cuando algo está tan lejos que parece inalcanzable a veces ni siquiera nos movemos. Por eso, con 20 centímetros de brazo, el cerebro se encarga de hacernos creer que podemos llegar a cualquier parte, gracias a no saber calcular las distancias. Extendemos el brazo para alcanzar una lámpara de mesa o la luna con el mismo convencimiento de que bastará con estirarlo hasta su límite para tocarlas. No sucede, pero volvemos a intentarlo una y otra vez y a nadie le importa que nos equivoquemos. Es más, aplauden el titánico esfuerzo ignorando el resultado, porque todos saben que lo esencial para seguir creciendo no es tocar el cielo sino ejercitar los músculos, aunque después lo olviden, o más bien, aunque después olviden por momentos que siguen teniendo derecho a crecer, que ése sigue siendo, de hecho, casi el único objetivo, aunque tal vez no.

¡Bravo!

El aplauso es una expresión innata de alegría. Viéndote aplaudir me convenzo de que no es algo arbitrario, no es una convención social para expresar la euforia, sino que es la euforia misma la que culmina en ese encuentro entre las manos. En ese chispazo las manos hablan por sí mismas y canalizan una emoción incontenible con un lenguaje que antecede al de las palabras. Me sorprende porque no soy el perfil de humano que a la pregunta “¿qué es en lo primero que te fijas de una persona?” responda “en las manos”. Tiendo a fijarme en ellas pasado algún tiempo. Sin embargo, me atrevo a afirmar que, del mismo modo que hay gente que habla por los codos toda su vida, el resto hemos hablado por las manos alguna vez, mucho antes de albergar la idea de que era imposible que ellas hablaran por sí mismas.

A lo mejor caen gotas hoy

¿Llueve? Hay un gesto que acompaña casi siempre a esa pregunta, consiste en estirar la mano hacia arriba y esperar a que la respuesta caiga en forma de intermitencia acuosa. Sin embargo, la aparición de ese gesto en nuestro cuerpo es muy anterior a que sepamos qué es la lluvia. Con 9 meses más o menos puede llegar a ser tan frecuente que haya que ver en él el indicio de una revelación.

¿Levantas la mano con la palma abierta como quien espera la lluvia, porque es sed de vida lo que tienes? ¿La estiras como quien expande los brazos al aire en la cima de una montaña para poder absorver el paisaje en una respiración ampliada? O mejor aún, ¿la elevas para compartir la alegría de tu descubrimiento? ¡Mirad! ¿Acaso no lo véis? Está por todas partes, ¡todo un mundo nos rodea!

Ése también eras tú

Hubo un momento en tu vida en el que te enfrentabas al mundo con la boca abierta. No es que no tuvieras miedo a nada, pero no se lo tenías a nada a priori, y tu reacción ante lo desconocido era abrir mucho la boca como para comértelo, daba igual no contar con dientes.

Si te acercaban un trozo de tela abalanzabas sobre él tus manos descoordinadas y abrías la boca con voracidad en una mueca mezcla de osadía y optimismo, el necesario para saberte capaz de poder con todo, y para que el gesto recordara a una risa.

En el caso de que fuera una cara la que se dirigía hacia ti contenías la emoción un segundo y después estallaba el movimiento. Como en un juego de estrategia ultrarápido, decidías por qué flanco atacar: mejilla derecha, izquierda, barbilla o nariz. Y este último siempre se revelaba como el punto más débil del adversario.

Sin miedo a equivocarme, pondría la mano en esa boca abierta por que te habrías enfrentado a un elefante, un camión o un tirano con la misma actitud. Es más, pondría la mano en esa boca abierta, incluso si estuviera llena de dientes, por que, en efecto, hubieras podido con todos ellos.

¿Te puedes creer que con los años no quede nada de eso? Yo tampoco.

Canciones para dormir a un bebé

Hay canciones que, inexplicablemente, te gustan desde el momento de nacer. No las has escuchado en el útero materno, ni tan siquiera estaban en la lista de reproducción de tu madre -a diferencia de ti, valga la polisemia-.

Tu temprano gusto musical puede convertir, por ejemplo, a una canción como “Somebody that I used to know“, en una nana. Y demostrar que no se aborrece, a pesar de haberla escuchado miles de veces acompañada del pequeño llanto propio de las noches justo cuando empiezan.

Sin embargo, cabe la posibilidad de que tu madre siga insistiendo en que te gusten, pongamos, los cantautores, para ser dos a uno frente a la radio del coche. Si ése es tu caso te tocará escuchar, más que probablemente, “Cuando Pedro llegó“, personalizada con tu nombre. O aquella otra que dice que “el mundo te está esperando“.

Y quien dice madre, dice padre. Y quien dice cantautores, dice música electrónica o folclóricas. El caso es que, ya desde el principio, hay una parte que eliges tú y otra que los demás se empeñan en que elijas. Y ahí estás tú, por primera vez, decidiendo si lloras o no para que deje de sonar esa música.

La primera camiseta o la desaparición del mundo

Cuando nos ponemos una camiseta pasan unos segundos en los que desaparecemos detrás de la tela, unos segundos de invisibilidad e invidencia, hasta que volvemos a salir a la luz. Ésa es una de las cosas más impactantes que te puedes echar a la cara cuando la haces por primera vez, y hasta segunda y tercera, de hecho, hasta que dejas de darte cuenta de que el mundo ha desaparecido y tú con él, para pensar en cualquier otra cosa mientras te pones una camiseta. Sin embargo, hay algo que no cambia a pesar de la repetición de este gesto día tras día, año tras año: durante esos pocos segundos el instinto te lleva a mover sin parar la cabeza a un lado y a otro, empujando sin tregua hacia fuera hasta lograr salir, exactamente como la primera vez.

En la imagen: cría de camiseta posando junto a su padre.

Lo primero que has de saber

¿Cuántas cosas se pueden aprender en dos meses? ¿A hacer malabares? ¿A cocinar bien? ¿A orientarse con el sol? Pocas, muy pocas, si se comparan con lo que se aprende si esos dos meses son los primeros de tu vida.

Respirar, comer, girar la cabeza hacia el lado en el que suena la voz, miles de pequeños avances sobre los que destacan dos, por su relevancia para el resto de nuestras existencias. En tan sólo dos meses, en los dos primeros, aprendemos a reír y a sostener la mirada.

¿De cuántos apuros nos sacarán una risa, una mirada? ¿Cuántos abrazos nos valdrán? ¿En cuántos momentos clave de nuestra vida nos acompañarán?

Ante este asombroso descubrimiento sólo nos queda quitarnos nuevamente el sombrero ante el orden de prioridades del plan de estudios ideado por la madre naturaleza. Eso y derretirnos frente a sonrisas desdentadas que hacen imposible escribir a partir de ahora ningún texto que escape al edulcorante propio de los enamorados. Porque lo decían y era verdad: uno se enamora de su hijo. Pero eso ya es parte de lo que se aprende como m/padre en dos meses, y merece reflexión a parte.

Pie de foto: así eran sus pies en realidad y ya están escalando para alcanzar nuevas cotas.