Edificando el tiempo

A los tres años, casi cuatro, puede ser que te dé por preguntar recurrentemente sobre dos cosas: el envejecimiento de la casa y quién ha creado cada edificación que visitas.

La secuencia suele ser: ¿cuándo se hará vieja esta casa? Cuando se haga vieja nos iremos, pero me llevaré todas las cosas y empiezas a enumerar de una forma que pudiera parecer aleatoria, pero seguro que no lo es. Por ejemplo, mencionas el cristal de la ventana en el que tu hermano pintó unas letras. “Ese cristal y las letras nos los tendremos que llevar porque son muy bonitos”. 

Lo dices con una nostalgia anticipada, con un sentimiento de pérdida que te dolería demasiado si se produjera. Y todo ello es un ir asimilando el principio, el envejecimiento y el dejar ir que la vida lleva implícito. Como si alrededor de los 3-4 años empezáramos a ver con mayor nitidez el flujo de los acontecimientos, a la vez que vamos aprendiendo la diferencia entre ayer y mañana, tal vez de forma errónea. 

Seguramente son l@s niñ@s l@s que aciertan al no diferenciar entre pasado y futuro, entre esta mañana y hace unos días. Todo es presente y, el resto, flota indistintamente en el espacio de la creación o recreación. 

Pero los mayores insistimos: les preguntamos qué han hecho en el colegio, haciéndoles viajar a un pasado que les queda lejos, tan lejos que acordarse requiere un esfuerzo titánico, casi equiparable al de recordar una vida pasada. 

Les planteamos qué quieren ser cuando crezcan, en un futuro que no conciben. Y, mientras, ell@s insisten en quedarse en este instante, sin avanzar hacia el destino que tenemos en mente.

Insisten en quedarse a dibujar sobre este trozo de arena, a pararse ante esta planta o ese perro o ese escaparate, trayéndonos de vuelta a un presente que nos acostumbramos a concebir como estación de paso. 

Un presente que muta, eso sí, que deja que unas casas envejezcan y otras se creen. Mientras nosotros nos aferramos a algunos objetos que no queremos perder en la mudanza, como recuerdos de lo que amamos, de los lugares en los que fuimos felices, o incluso de nosotras mismas. Porque puede que a los tres años, casi cuatro, tampoco quieras deshacerte de alguna ropa que ya no te sirve, salvo si sabes que será para otra mujer que crece a continuación de ti.  

PD: al cierre de esta edición y del día, vuelve la pregunta que surgió en días y textos anteriores: ¿Quién ha hecho el mundo? La auto respuesta esta vez es: Creo que las mismas personas que hacen las casas. Profesionales de la arquitectura, la albañilería, la decoración, el interiorismo, la carpintería… ¿habéis sido vosotr@s?

Aprender a hablar

A. está ahora en la fase de aprender a hablar y es curioso el orden en el que decide lanzarse a pronunciar cada nueva palabra.

La primera fue Ma, el nombre incompleto de su hermano.

Las siguientes, no sabría decir en qué orden, fueron las sílabas ma-ma-ma-ma, pa-pa-pa-pa.

La tercera vau-vau (perro).

La cuarta, a base de mucho mucho insistir: agua.

La quinta: ¡hola! No puedo evitar imaginármela sin h cuando ella la pronuncia.

La sexta, empatada con «oma», de paloma, fue el nombre comercial de una peonza que tiene un gran protagonismo en nuestra casa desde hace un tiempo: beyblade.

La séptima, en un punto en el que ya es capaz de imitar cualquier sonido: «te-ta» (dicho con mucha fruición), «chi» (para «sí», o tal vez más tarde descubramos que se refiere al auténtico «chi»), junto con «bebé» y «susto». Y, por último, por ahora, «no».

Más allá del interés que pueda tener esta clasificación, sirve como «nube de tags» familiar. Puede que ésas sean algunas de las palabras que más decimos, pero, al volver a leerlas y viendo la reticencia a pronunciar la palabra «agua», tan básica a nuestros ojos, creo que las palabras que antes nos lanzamos a decir son las que más emociones nos provocan. La palabra como detonante de todo lo que se acentúa al nombrarla.

Mindfulness en la cocinita

A. ha empezado a jugar a cocinitas. Como todo lo que aborda, lo hace con atención plena. Eso me ha llevado a tomarme el momento de cocinar como ella, como una práctica informal de mindfulness -es exactamente lo mismo que ella piensa cuando se pone a jugar-.

Eso implica básicamente estar cocinando mientras cocino. Es decir, intentar estar sólo cocinando mientras cocino, frente a estar escuchando un curso online a la vez que pienso en otra cosa y se me sale el agua porque no he oído que estaba hirviendo.

Hay una extraña felicidad en conseguir estar sólo cocinando, en fijarte cómo el agua mueve el arroz en el colador, en sentir la resistencia del agua frente a la cuchara que intenta imponerle una dirección a los alimentos que flotan en ella. Porque hay una extraña felicidad en estar sólo en una cosa, sin más.

No es obvio cuando tienes más de 15 meses, bueno, sigue siendo obvio durante mucho tiempo más pero pasados los 30 debes recordar cómo se hacía. Y, a base de insistir, de acostumbrarte al silencio del altavoz, de volver del pensamiento a la olla, vas abriendo la brecha por la que se avista la extraña felicidad del presente. O tal vez la felicidad de siempre, la de los 15 meses y tantos otros.

Formas de jugar a pelota

Hay una forma tradicional, establecida, de enseñar a jugar a pelota a un bebé que todavía no camina pero ya puede sostenerla en sus manos. Pongamos que tiene 11 meses. Tú, la madre, estás sentada en el suelo delante de ella a la distancia justa para que la pelota pueda rodar unos segundos desde tu campo base hasta el suyo. Empiezas el entrenamiento: «mira A., una pelota. Te la voy a pasar. Uuuuuu (aquí emites un sonido difícil de reproducir por escrito, podríamos llamarla «onomatopeya de madre/padre invocando alegría» u «onomatopeya de padre/madre mostrando el grado máximo de entusiasmo»). A. te mira desde su campo base con cara de expectación y su «sonrisa de hija/o invocando actuación estelar de madre/padre», provocada por la previa «onomatopeya de madre/padre en su grado máximo de entusiasmo».

Una vez culminado el ritual, ahora sí, sientes que es el momento de lanzar la pelota. La lanzas, llega con éxito hasta el bebé. A. vuelve a sonreír, entusiasmada por el regalo. Es una pelota pequeña, más blanda y más pequeña que una pelota de tenis, el sucedáneo clásico: una pelota de palas de playa, preferiblemente de color fluorescente por si se cae al agua, porque se presupone la calidad de aficionados de los jugadores estacionales, no por ello menos felices intentando golpear en el blanco, haciendo la clásica broma cuando no lo logran de «hay un agujero en mi pala».

A. no sabe todo eso, pero la coge con una sola mano y la observa como observaríamos nosotros algo que cayera en nuestras manos por primera vez venido de otro planeta. La mira, desde todas las perspectivas posibles, moviendo la mano como sólo los bebés saben hacerlo cuando tienen una pelota de palas en la mano. Tú, al otro lado, sigues con tu objetivo en mente: «pásamela, A. Pásamela, bonita». Y acompañas la frase del típico golpecito en el suelo indicando dónde podría enviarte la pelota para salvar la distancia que os separa.

Pero ella te mira sonriendo y extendiendo el brazo sin ninguna intención de pasarte la pelota sino de dártela en mano. Tú insistes. Golpecito en el suelo. El signo universal de rodar y rodar. «Pásamela, bonita. Así, así, por el suelo». Pero ella te está enseñando la pelota. La levanta en el aire, como un astro que hubiéramos podido alcanzar con una mano. Te mira y te sonríe. Ofreciéndotela.

Es entonces, tras cuatro o cinco intentos inútiles más de transmitir tu conocimiento respecto al tradicional juego de pelota, cuando te quedas mirando esa pelota fluorescente sostenida en el aire, y te das cuenta de que hay otras maneras de jugar.

Mirando esa pelota fluorescente, ese gesto del brazo extendido que la sostiene, esa mirada invitándote a cogerla con tu propia mano, directamente de su mano y sin necesidad de lanzamiento, es cuando descubres, una vez más como observador de la vida al principio, que hay otras maneras de relacionarse con una pelota, pero también con el otro y con el propio mundo, otras formas que implican mucha más suavidad y ternura. Otras formas de transacción con brazos que se extienden al encuentro del otro, que ha entendido, por fin, que la pelota también puede pasarse de mano en mano.

«Arriba / abajo» en series de 8

Ponerse de pie. Una y otra vez. Soltar una mano y ver cómo te sostienes, o caer. Reír por el intento, por poder volver a probar. Agarrarte a ese límite que te separa de la amplitud del mundo para que duermas, y usarlo para ejercitar tu habilidad para explorarlo. Así es como te relacionas con la madera que rodea a tu cuna y que has convertido en la típica barra enganchada a un espejo de las clases de baile.

 

Un lugar al que agarrarse para ampliar tu repertorio de movimientos, para retrasar el momento de coger el sueño. Para alargar el día doblando y estirando las rodillas, el prólogo de un salto repetido hasta la saciedad de tu sonrisa. Sonrisa saciada. Eso es, ese momento, una alegría que alimenta, que alimentas.  

 

Nunca pongas un jarrón chino en la mano de un bebé

Cuando crecemos necesitamos hacer un esfuerzo consciente por dirigir nuestra atención a aquello en lo que queremos enfocarnos. Eso dicen. Y a los que nos gusta hacer muchas cosas a la vez porque con una sola tememos aburrimos, nos cuesta creerlo. Sin embargo, cuando estás cerca de un bebé, esa teoría resulta irrefutable y además de una forma muy explícita.

A. tiene en una mano algo que le interesa. Ve un segundo objeto atractivo y lo alcanza con la otra mano. Está bien, podemos manejar dos cosas a la vez. Pero, ¿qué pasa cuando aparece un tercer elemento deseable? Una de las dos manos se abre y simplemente deja caer en picado lo que tenía, sin ni siquiera darse cuenta, para que la mano quede libre para dirigirse al tercer objeto. Y así indefinidamente. Mano abierta, mano cerrada, mano abierta, mano cerrada. Conclusión 1: Dos cosas a la vez, bien. Tres ya, malabarismo. Conclusión 2: véase título.

Cómo leer las manos (de otra forma)

Hay algo de mágico en las manos de un bebé. Cuando todavía no cuentan con la herramienta del lenguaje, las manos son otra voz a la que observar de cerca. A. las mueve con una especie de serenidad consciente cuando va a comunicarse con ellas. Eso es lo que yo interpreto, desde fuera lo que se ve es una mano pequeña que se mueve de forma pausada y progresiva, ocupando el espacio con elegancia, hasta emitir el gesto que buscaba, como quien busca una palabra.

La mano puede decir, después de un rato observándote, Seguir leyendo

Cargarse de respuestas

Hay un día en la historia de casi todos en el que pronuncias tu primer “¿por qué?” y, cuando alguien te responde, te conviertes de pronto en adicto a esa fórmula: ¿Por qué? Respuesta. ¿Por qué? Respuesta. ¿Por qué? Respuesta. Puede ser que incluso preguntes lo mismo varios días seguidos, aun sabiendo la respuesta, porque la sabes, sé que la sabes, pero te produce un extraño placer que alguien te reafirme en lo que ya crees -eso explica muchas cosas sobre nuestras afinidades en la edad adulta-. El caso es que después del primer por qué viene el infinito y es algo que se repite humano tras humano. Alrededor de los dos años y medio, de pronto sientes que necesitas cargarte de respuestas, probablemente con la esperanza aún inconsciente de reducir al máximo asumible el número de silencios que habrás de acumular tras un interrogante el resto de la vida.

Certidumbres

Hay una etapa al principio de nuestra vida en la que nos encanta saber lo que va a pasar a continuación, que una escena se repita veinte veces nos hace sentir veinte veces bien. Seguros. Felices. Tenemos el poder de avanzar acontecimientos, acariciamos el placer de saber qué vendrá a continuación y luchamos con todas nuestras fuerzas porque esa sensación se repita una y otra vez, en forma de cuento repetido una y otra vez, o de broma repetida una y otra vez, o de escondite repetido una y otra vez. Lo único que nos importa es saborear la certidumbre ignorando que siempre tiene un límite.

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