“Arriba / abajo” en series de 8

Ponerse de pie. Una y otra vez. Soltar una mano y ver cómo te sostienes, o caer. Reír por el intento, por poder volver a probar. Agarrarte a ese límite que te separa de la amplitud del mundo para que duermas, y usarlo para ejercitar tu habilidad para explorarlo. Así es como te relacionas con la madera que rodea a tu cuna y que has convertido en la típica barra enganchada a un espejo de las clases de baile.

 

Un lugar al que agarrarse para ampliar tu repertorio de movimientos, para retrasar el momento de coger el sueño. Para alargar el día doblando y estirando las rodillas, el prólogo de un salto repetido hasta la saciedad de tu sonrisa. Sonrisa saciada. Eso es, ese momento, una alegría que alimenta, que alimentas.  

 

Nunca pongas un jarrón chino en la mano de un bebé

Cuando crecemos necesitamos hacer un esfuerzo consciente por dirigir nuestra atención a aquello en lo que queremos enfocarnos. Eso dicen. Y a los que nos gusta hacer muchas cosas a la vez porque con una sola tememos aburrimos, nos cuesta creerlo. Sin embargo, cuando estás cerca de un bebé, esa teoría resulta irrefutable y además de una forma muy explícita.

A. tiene en una mano algo que le interesa. Ve un segundo objeto atractivo y lo alcanza con la otra mano. Está bien, podemos manejar dos cosas a la vez. Pero, ¿qué pasa cuando aparece un tercer elemento deseable? Una de las dos manos se abre y simplemente deja caer en picado lo que tenía, sin ni siquiera darse cuenta, para que la mano quede libre para dirigirse al tercer objeto. Y así indefinidamente. Mano abierta, mano cerrada, mano abierta, mano cerrada. Conclusión 1: Dos cosas a la vez, bien. Tres ya, malabarismo. Conclusión 2: véase título.

Cómo leer las manos (de otra forma)

Hay algo de mágico en las manos de un bebé. Cuando todavía no cuentan con la herramienta del lenguaje, las manos son otra voz a la que observar de cerca. A. las mueve con una especie de serenidad consciente cuando va a comunicarse con ellas. Eso es lo que yo interpreto, desde fuera lo que se ve es una mano pequeña que se mueve de forma pausada y progresiva, ocupando el espacio con elegancia, hasta emitir el gesto que buscaba, como quien busca una palabra.

La mano puede decir, después de un rato observándote, Seguir leyendo

Cargarse de respuestas

Hay un día en la historia de casi todos en el que pronuncias tu primer “¿por qué?” y, cuando alguien te responde, te conviertes de pronto en adicto a esa fórmula: ¿Por qué? Respuesta. ¿Por qué? Respuesta. ¿Por qué? Respuesta. Puede ser que incluso preguntes lo mismo varios días seguidos, aun sabiendo la respuesta, porque la sabes, sé que la sabes, pero te produce un extraño placer que alguien te reafirme en lo que ya crees -eso explica muchas cosas sobre nuestras afinidades en la edad adulta-. El caso es que después del primer por qué viene el infinito y es algo que se repite humano tras humano. Alrededor de los dos años y medio, de pronto sientes que necesitas cargarte de respuestas, probablemente con la esperanza aún inconsciente de reducir al máximo asumible el número de silencios que habrás de acumular tras un interrogante el resto de la vida.

Certidumbres

Hay una etapa al principio de nuestra vida en la que nos encanta saber lo que va a pasar a continuación, que una escena se repita veinte veces nos hace sentir veinte veces bien. Seguros. Felices. Tenemos el poder de avanzar acontecimientos, acariciamos el placer de saber qué vendrá a continuación y luchamos con todas nuestras fuerzas porque esa sensación se repita una y otra vez, en forma de cuento repetido una y otra vez, o de broma repetida una y otra vez, o de escondite repetido una y otra vez. Lo único que nos importa es saborear la certidumbre ignorando que siempre tiene un límite.

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Cerca / Lejos

Cuando los brazos apenas nos miden 20 centímetros, el cerebro se encarga de evitar que nos sintamos tan pequeños como somos. Si lo supiéramos probablemente nos abordaría la parálisis. Cuando algo está tan lejos que parece inalcanzable a veces ni siquiera nos movemos. Por eso, con 20 centímetros de brazo, el cerebro se encarga de hacernos creer que podemos llegar a cualquier parte, gracias a no saber calcular las distancias. Extendemos el brazo para alcanzar una lámpara de mesa o la luna con el mismo convencimiento de que bastará con estirarlo hasta su límite para tocarlas. No sucede, pero volvemos a intentarlo una y otra vez y a nadie le importa que nos equivoquemos. Es más, aplauden el titánico esfuerzo ignorando el resultado, porque todos saben que lo esencial para seguir creciendo no es tocar el cielo sino ejercitar los músculos, aunque después lo olviden, o más bien, aunque después olviden por momentos que siguen teniendo derecho a crecer, que ése sigue siendo, de hecho, casi el único objetivo, aunque tal vez no.

¡Bravo!

El aplauso es una expresión innata de alegría. Viéndote aplaudir me convenzo de que no es algo arbitrario, no es una convención social para expresar la euforia, sino que es la euforia misma la que culmina en ese encuentro entre las manos. En ese chispazo las manos hablan por sí mismas y canalizan una emoción incontenible con un lenguaje que antecede al de las palabras. Me sorprende porque no soy el perfil de humano que a la pregunta “¿qué es en lo primero que te fijas de una persona?” responda “en las manos”. Tiendo a fijarme en ellas pasado algún tiempo. Sin embargo, me atrevo a afirmar que, del mismo modo que hay gente que habla por los codos toda su vida, el resto hemos hablado por las manos alguna vez, mucho antes de albergar la idea de que era imposible que ellas hablaran por sí mismas.

A lo mejor caen gotas hoy

¿Llueve? Hay un gesto que acompaña casi siempre a esa pregunta, consiste en estirar la mano hacia arriba y esperar a que la respuesta caiga en forma de intermitencia acuosa. Sin embargo, la aparición de ese gesto en nuestro cuerpo es muy anterior a que sepamos qué es la lluvia. Con 9 meses más o menos puede llegar a ser tan frecuente que haya que ver en él el indicio de una revelación.

¿Levantas la mano con la palma abierta como quien espera la lluvia, porque es sed de vida lo que tienes? ¿La estiras como quien expande los brazos al aire en la cima de una montaña para poder absorver el paisaje en una respiración ampliada? O mejor aún, ¿la elevas para compartir la alegría de tu descubrimiento? ¡Mirad! ¿Acaso no lo véis? Está por todas partes, ¡todo un mundo nos rodea!

Ése también eras tú

Hubo un momento en tu vida en el que te enfrentabas al mundo con la boca abierta. No es que no tuvieras miedo a nada, pero no se lo tenías a nada a priori, y tu reacción ante lo desconocido era abrir mucho la boca como para comértelo, daba igual no contar con dientes.

Si te acercaban un trozo de tela abalanzabas sobre él tus manos descoordinadas y abrías la boca con voracidad en una mueca mezcla de osadía y optimismo, el necesario para saberte capaz de poder con todo, y para que el gesto recordara a una risa.

En el caso de que fuera una cara la que se dirigía hacia ti contenías la emoción un segundo y después estallaba el movimiento. Como en un juego de estrategia ultrarápido, decidías por qué flanco atacar: mejilla derecha, izquierda, barbilla o nariz. Y este último siempre se revelaba como el punto más débil del adversario.

Sin miedo a equivocarme, pondría la mano en esa boca abierta por que te habrías enfrentado a un elefante, un camión o un tirano con la misma actitud. Es más, pondría la mano en esa boca abierta, incluso si estuviera llena de dientes, por que, en efecto, hubieras podido con todos ellos.

¿Te puedes creer que con los años no quede nada de eso? Yo tampoco.