Escalas o Hacia el día del parto

Hace exactamente dos años -unos días arriba, unos días abajo- estábamos comprando de madrugada algo parecido a una manta con la que abrigarnos del helador aire acondicionado del aeropuerto de Qatar, en el que teníamos que pasar la noche por una escala de 8 horas camino a Indonesia.

Hace exactamente un año -unos días arriba, unos abajo-, salíamos de casa con una maleta naranja dirección al transmongoliano, con la mente ávida por contrastar lo que ella había imaginado con la realidad de tres países peculiares e inmensos: Rusia, Mongolia y China. Esta vez la escala sería de 12 horas, en Moscú.

Hoy, 22 de agosto, hemos emprendido otro viaje. Con la misma maleta naranja hemos cogido un taxi y, después de una tarde comiendo helado de higo y bocadillos de jamón, estamos de escala en la planta materno-infantil de un hospital. De escala porque la rotura de aguas ha precedido a las contracciones, haciendo que pasemos la noche aquí, como cada año por estas fechas, preparándonos para degustar lo inexplorado, para poder escribir en primera persona sobre una nueva aventura, sólo después de la escala. Próxima parada: Max. Gracias por unirte tan tempranamente a nuestras costumbres, hasta el  punto de propiciarlas en honor a la metáfora. Estamos juntos en esto, muy juntos, dentro incluso, y juntos vamos hacia un destino nuevo.

En esta parada para coger aliento no hace un frío helador, como en el aeropuerto de Qatar. Tampoco llueve, como en Moscú, y la gente es más amable. Aquí, por ahora hay que lidiar con un sarpullido en los pies, una vía intravenosa colocada en el brazo que debe durar unos 2 días puesta y los llantos de los bebés ya nacidos en las habitaciones vecinas, anunciando un destino que, seguramente hoy más que nunca, no alcanzamos a imaginar. Y, como siempre, si se escribe, pasa mejor.

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