En brazos de un taxista

Efectivamente, siempre hay una primera vez para estar en brazos de un taxista. Por ejemplo, la primera vez que tu madre se tiene que enfrentar a plegar el carro para que quepa en el maletero de su coche sin haber repasado cómo iba aquel trasto. La situación puede ser más o menos la siguiente: ella para un taxi en una calle de un solo carril. El taxi para en medio de la calle con una cola de coches detrás. Tu madre te coge en brazos y separa el capazo (la parte donde tú duermes o viajas cómodamente) del resto del carro (la estructura con las ruedas). Entonces viene cuando tiene que conseguir reducirlo a su mínima expresión, pero no puede.

El taxista, viendo que la cosa va para largo y con la cola de coches detrás, le dice a tu madre que mejor se va a esperarla a la zona de carga y descarga, unos metros más adelante. Y tu madre le dice que sí, que sí, y se va contigo en un brazo y las ruedas del carro sin capazo en la otra mano, a la zona de carga y descarga.

Allí sigue una lucha digna de documental de National Geographic: humano contra carro de bebé. Es en ese momento en el que el tercer personaje, el taxista, le dice a tu madre: ¿quiere que le coja yo al niño? Y tu madre, muy despeinada ya, dice: pues sí, por favor. Tú aguantas el tipo como si estuvieras más que acostumbrado a colgar de unos brazos que te cogen como si fueras un volante, en la posición de las 10 y 10, durante un tiempo indeterminado, porque esos momentos nunca se sabe cuánto duran. Y así, con tres meses, ya puedes presumir de que te ha cogido un taxista en brazos, lo sabes y por eso no protestas. Y tu madre puede presumir doblemente, de hijo, y de que, finalmente y contra todo pronóstico, consigue doblegar la voluntad de aquellas ruedas y meterlas dentro del maletero.

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