El sueño

Cuando iba a nacer A. llevé una libreta al hospital. Quería tenerla allí para ir escribiendo como lo hice con M. Como diario de viaje y, a la vez, lugar desde el que ganar perspectiva. Hace unos días me topé con ella cuando buscaba un papel amable sobre el que escribir. Y volví a hacerlo:

“Ahora mismo A. y M. duermen en nuestra cama. Poco antes de levantarme estaba entre sus dos respiraciones, una más grande, otra más pequeña. Pensando también en escribir sobre cómo, siendo niño, uno pide auxilio para que lo rescaten de un sueño en el que no es feliz. Con un Papáááá en el caso de M. o con un grito que me busca en el caso de A.

Hace un rato M. ha tenido ese sueño que le ha despertado y le ha traído a la cama tras el grito. Al llegar me ha explicado que estaba teniendo un sueño muy intenso que él había escogido tener. Pero que le dolían los ojos porque había mucho brillo en el sueño.

A veces es muy obvio admirarles, ver motivos para asombrarnos también de su brillo. Otras, tenemos que hacer el esfuerzo consciente de oír sus vocecitas pequeñas y recordar lo pequeñas que son, a la vez que valiosas, poderosas, libres, con conexión directa con la creatividad, con la fuente del genio.

Pienso en compartir este texto”. Y aquí está.

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