Cómo leer las manos (de otra forma)

Hay algo de mágico en las manos de un bebé. Cuando todavía no cuentan con la herramienta del lenguaje, las manos son otra voz a la que observar de cerca. A. las mueve con una especie de serenidad consciente cuando va a comunicarse con ellas. Eso es lo que yo interpreto, desde fuera lo que se ve es una mano pequeña que se mueve de forma pausada y progresiva, ocupando el espacio con elegancia, hasta emitir el gesto que buscaba, como quien busca una palabra.

La mano puede decir, después de un rato observándote, un hola o un adiós, todavía no lateral (es decir, no de derecha a izquierda y de izquierda a derecha) sino más bien un hola y adiós que va de arriba abajo, como quien abanica el aire, como quien pide a otro que baje la voz o la velocidad, o quien trae suerte (esto principalmente en el caso de los gatos chinos). El saludo es quizás lo más obvio, pero también algo que emociona, una respuesta no hablada respondiendo a la presencia o ausencia del Otro.

Una mano abierta y quieta, sostenida en una especie de pausa voluntaria, es la mano del «que nadie se mueva», que está sucediendo algo y estoy en un momento de atención plena (otro día escribo sobre la atención en los bebés porque son los grandes maestros del mindfulness).

La mano cerrada en un puño, a excepción del dedo índice tiene un potente efecto sorpresa. Porque todavía no se usa para señalar, no es un dedo que apunte a algo. De hecho, no hay un patrón claro del uso de esta posición de la mano, puedes probar qué te sugiere a ti pero creo que podría traducirse en algo así como “foco”, ahora voy a concentrarme en algo y lo voy a conseguir. Casi como lo que debe suceder en nuestra mente antes de enhebrar una aguja. A. utiliza ese dedo sobresaliente desde que estaba en el útero materno. Lo sabemos porque en la ecografía de las 20 semanas, la que se realiza con mayor detenimiento, A. hizo ese gesto que entonces interpretamos como un “ei, sé que estáis ahí”, fue su primer chiste para M.

Y, por último, aunque esto sea sólo una selección, está la mano que pide que se haga la música (señalando al equipo de donde suele salir), la mano que pide que bailemos y la mano que acaricia ese momento, las voces que flotan en el aire, el aliento de los instrumentos o la palma de tu mano, también en alto, como la de los profesionales del baile de salón. Una mano enorme se une entonces con una pequeña mano y danzan cayendo a su vez en manos de la alegría.

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