Collage

Cuando nace un niño y te pasas horas con él en los brazos -porque sin duda se duerme más a gusto sobre tu piel y tus huesos que sobre cualquier superficie mullida y plana-, es muy tentador empezar a buscar parecidos razonables. No se trata de parecidos globales: esta persona se parece globalmente a esta otra. No, se trata de una búsqueda de parecidos fragmentada. Por ejemplo, la barbilla, tanto de A. como de M. nada más nacer, me evoca la imagen de mi abuela Elvira. R. dice que es porque, al no tener dientes, la mandíbula de todos los bebés es cercana a la de los abuelos, a la de los abuelos de antes, porque los de ahora tienen unas mandíbulas envidiables.

Sin embargo, no todos los bebés me recuerdan a mi abuela Elvira, ni todos mis hijos me recuerdan a cualquier otra abuela o abuelo. La impronta de mi abuela se manifiesta para recordarnos que forma indiscutiblemente una parte de nosotros y de nuestro legado.

No sorprenden tanto los parecidos más inmediatos, al padre o a la madre, pero sí que las orejas sean como las de tu hermana, o incluso los gustos que se manifiestan más adelante. Y las manos, ni como las del padre ni como las de la madre, sino como las del abuelo paterno y que incluso tienda a tenerlas frías como él -sea por acabar de nacer o porque las tienen tan finas que nos les llega tanta sangre como a las mías que, por cierto, son como las de mi abuela María-.

El pelo ahora es moreno pero tal vez se vuelva rubio como el de la abuela materna -algo que a M. le parece una prueba indiscutible de ser su nieto, aunque descubra poco después que en su caso es teñido-. Lo que sí tienen igual que la abuela son los ojos. La nariz, en el caso de A., no se sabe si del abuelo materno o la abuela paterna.

Recuerdo un cuento sobre esta obsesión por encontrar parecidos por parte de todos los familiares. Se llamaba “Ningú és com tu”, en la versión que le regalé en su día a mi sobrino, que no se parece en nada a mí, salvo en lo que nos gustan los abrazos. El protagonista de la historia llegaba a tal nivel de hartazgo que sólo encontraba consuelo al repasar con sus abuelos, los menos pesados, el álbum familiar y constatar cómo los rasgos que otros se atribuían como propios no eran más que un préstamo que pasaba de forma aleatoria de generación en generación. El libro era una reivindicación de la autenticidad de cada niño, más allá de cualquier parecido. Es en el cóctel, en la combinación infinita de factores donde cada uno aporta su luz con la exclusividad de una huella dactilar.

Mientras no te moleste, A., probablemente seguiré entreteniéndome encontrando el recuerdo de otros entre mis brazos. Una especie de homenaje a su presencia en diferido, aunque puede que todo esté sucediendo al mismo tiempo.

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