Certidumbres

Hay una etapa al principio de nuestra vida en la que nos encanta saber lo que va a pasar a continuación, que una escena se repita veinte veces nos hace sentir veinte veces bien. Seguros. Felices. Tenemos el poder de avanzar acontecimientos, acariciamos el placer de saber qué vendrá a continuación y luchamos con todas nuestras fuerzas porque esa sensación se repita una y otra vez, en forma de cuento repetido una y otra vez, o de broma repetida una y otra vez, o de escondite repetido una y otra vez. Lo único que nos importa es saborear la certidumbre ignorando que siempre tiene un límite.

Por el contrario, en esa misma etapa de la vida, empezar algo nuevo, algo que implique que el contexto y lo esperable cambie, ante todo las personas que nos rodean, puede traer consigo el absoluto desconsuelo. Y no es extraño.

¿Cómo consolarse sin tener nada que esperar? ¿Cómo soportar la idea de que dejar de ver a alguien por unas horas puede significar no volverlo a ver jamás? Esa idea nos queda grande desde niños y ni siquiera de adultos somos capaces de acogerla.

Visto así, resultan de una crueldad insólita esos días que transcurren entre el momento del cambio y ese otro momento en el que por fin podemos extraer un esquema de secuencias predecibles. Tu padre te lleva a un lugar nuevo al que llama guardería y desaparece. A tu madre ni siquiera la has visto esa mañana. Y estás rodeado de niños que lloran porque no saben qué pueden esperar o porque esperan lo peor: nada.

Todavía no sabes que cada día tiende a pasar lo mismo: tu madre vuelve a buscarte al cabo de unas horas y, pasadas unas horas más, reaparece tu padre. Y el alivio es tan inmeso que, casi por primera vez, empiezas a dar largos abrazos en cada reencuentro para reponerte de tanta emoción, a la vez que apoyas la cabeza en el hombro del recién llegado y dejas que te acaricie con su mano grande como tu espalda.

Ya de adultos, es fácil denostar a la rutina, menospreciarla, aborrecerla, y, sin embargo, en el principio de la vida, la felicidad sólo se queda con nosotros cuando el miedo a la incertidumbre desaparece, sólo volvemos a movernos con desparpapajo, a sonreir aliviados cuando sabemos qué va a pasar a continuación o, mejor aún, cuando tenemos la capacidad de convencernos de que todo irá bien, incluso cuando no sabemos qué será lo próximo.

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