Las grandes personas tienen cajitas dentro

Llegas a los treinta (entendidos como década) pensando que te conoces, que has aprendido a dominar casi todas tus pasiones, que ya no hay nada para lo que no tengas respuesta sobre ti mismo y va y te haces madre. Y queda al descubierto que tus viejos defectos son los mismos y que, nuevamente, tendrás que pulirlos a conciencia para no sucumbir a la imbecilidad a la que te empujan. Es duro decirlo, pero algunos, si nos dejáramos llevar, seríamos considerablemente insoportables. Así que el mérito reside en no serlo finalmente, aunque sea esfuerzos mediante. Ahí está una persona de unos ochenta centímetros desafiando los límites de tu bondad, el espacio de tu ego, tu capacidad para desprender invulnerabilidad en las situaciones más inverosímiles o incluso en las más verosímiles,

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¿Y el parto?

El parto es una de esas grandes incógnitas que nadie te puede ayudar a despejar hasta que tú eres la X de la ecuación y te ponen delante del igual. X igual a tu parto.  Porque parto no hay más que uno, o dos o siete, pero cada uno de su padre y de su madre, y nunca mejor dicho. ¿Cómo te parieron a ti? Puede que nunca llegues a saberlo del todo. Conocerás las anécdotas que rodearon a tu llegada, por ejemplo, que tu padre no sabía dónde estaba guardado el chándal del colegio y tu hermana tuvo que hacer gimnasia casi con un bañador de hombre, mientras tú luchabas por salir a la luz. O que tus abuelos tardaron lo mismo en llegar al hospital que tú en nacer, aunque vivían a 300 kilómetros. Pero sobre el parto, lo que sintió tu madre, lo que sentiste tú mismo en cada contracción suele quedar silenciado, como había pasado en este blog, hasta hoy, más de tres meses después de haberse producido.

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Escalas o Hacia el día del parto

Hace exactamente dos años -unos días arriba, unos días abajo- estábamos comprando de madrugada algo parecido a una manta con la que abrigarnos del helador aire acondicionado del aeropuerto de Qatar, en el que teníamos que pasar la noche por una escala de 8 horas camino a Indonesia.

Hace exactamente un año -unos días arriba, unos abajo-, salíamos de casa con una maleta naranja dirección al transmongoliano, con la mente ávida por contrastar lo que ella había imaginado con la realidad de tres países peculiares e inmensos: Rusia, Mongolia y China. Esta vez la escala sería de 12 horas, en Moscú.

Hoy, 22 de agosto, hemos emprendido otro viaje. Con la misma maleta naranja hemos cogido un taxi y, después de una tarde comiendo helado de higo y bocadillos de jamón, estamos de escala en la planta materno-infantil de un hospital. De escala porque la rotura de aguas ha precedido a las contracciones, haciendo que pasemos la noche aquí, como cada año por estas fechas, preparándonos para degustar lo inexplorado, para poder escribir en primera persona sobre una nueva aventura, sólo después de la escala. Próxima parada: Max. Gracias por unirte tan tempranamente a nuestras costumbres, hasta el  punto de propiciarlas en honor a la metáfora. Estamos juntos en esto, muy juntos, dentro incluso, y juntos vamos hacia un destino nuevo.

En esta parada para coger aliento no hace un frío helador, como en el aeropuerto de Qatar. Tampoco llueve, como en Moscú, y la gente es más amable. Aquí, por ahora hay que lidiar con un sarpullido en los pies, una vía intravenosa colocada en el brazo que debe durar unos 2 días puesta y los llantos de los bebés ya nacidos en las habitaciones vecinas, anunciando un destino que, seguramente hoy más que nunca, no alcanzamos a imaginar. Y, como siempre, si se escribe, pasa mejor.

Por primera vez

Me gusta hacer fotos de pies, sin embargo, ésta no es mía. La hizo una doctora enfocando al interior de mi útero. Es extraño, ¿verdad? Hay quien ante este hecho se enternece y hay quien se estremece, alegando de forma entrañable que aún es incapaz de asimilar el tema mamífero, eso de que no nos formemos dentro de un huevo sino usando como recipiente directo otro cuerpo, a través del cual se nos puede observar en movimiento, aún antes de salir, ya sea en una ecografía o a través de la piel de nuestra madre.

Cuando le vi los pies, yo ya estaba en el grupo de los que se enternecían, pero antes de eso, la primera vez que le oí latir dentro sin que por fuera sucediera nada en apariencia, también me estremecí. Nos habíamos convertido en testigos directos de la formación de una vida, con un alto nivel de inconsciencia, no por no haberlo deseado, sino porque era imposible ser consciente, en realidad, de que algo así era posible.

Sin haber hecho nada extraordinario, más que dejarle paso, la naturaleza había iniciado un proceso extraordinario en mi interior. Mi cuerpo se había convertido en un canal a través del cual expresarse, seguir manifestándose, como lo hace siempre que puede, ya sea en una inmensa extensión de tierra o en las rendijas húmedas que quedan en los muros de una catedral.

Y así empezó todo, desde esos primeros latidos, fuimos espectadores de primera fila de cómo empieza una vida, de cuántas cosas se hacen por primera vez sin poderlas recordar después, como estrenar brazos y piernas, o empezar a oír.

También por primera vez quisimos a alguien que aún no había nacido. A partir de los cuatro o cinco meses -por no hablar en semanas-, superada la fase de incredulidad pero aún no la de fascinación, cada noche nos sentábamos con las manos puestas en el vientre para sentir cómo se movía.

En tres días está previsto que nazca, aunque puede tardar dos semanas más. Y, por primera vez, verá el mundo desde fuera, sin el filtro uterino, y, por primera vez, si todo va bien, le veremos desde fuera, sin el filtro uterino. Sucederán tantas cosas por primera vez, que no quiero dejar de escribirlas. Antídoto contra el olvido y el no darse cuenta, eso es este blog.