Tatuamanía

A. ha descubierto la increíble sensación de que un gesto pueda dejar su huella con tan sólo tomar un bolígrafo para realizarlo. La tinta acompaña al gesto y el papel lo registra. Eso fue lo que le enseñamos, pero el papel es un espacio reducido, limitado. El cuerpo se ha convertido en un escenario mucho más interesante para la experimentación con la ventaja de que se borra con cada ducha y puedes volver a crear.

Es un paso intermedio entre la calcomanía y el tatuaje. Aúna lo mejor de los dos mundos: lo efímero, no dura siempre, y lo artístico, lo hecho a mano. No es que lo fomentemos, lo hace al mínimo descuido pero a mí me están entrando ganas de tatuarme como ella, dibujar cada día lo que al brazo se le antoje, dejándome llevar por el impulso creativo sin que importe lo más mínimo el qué dirán (sobre todo porque se lo dirán a tu madre).

Mindfulness en la cocinita

A. ha empezado a jugar a cocinitas. Como todo lo que aborda, lo hace con atención plena. Eso me ha llevado a tomarme el momento de cocinar como ella, como una práctica informal de mindfulness -es exactamente lo mismo que ella piensa cuando se pone a jugar-.

Eso implica básicamente estar cocinando mientras cocino. Es decir, intentar estar sólo cocinando mientras cocino, frente a estar escuchando un curso online a la vez que pienso en otra cosa y se me sale el agua porque no he oído que estaba hirviendo.

Hay una extraña felicidad en conseguir estar sólo cocinando, en fijarte cómo el agua mueve el arroz en el colador, en sentir la resistencia del agua frente a la cuchara que intenta imponerle una dirección a los alimentos que flotan en ella. Porque hay una extraña felicidad en estar sólo en una cosa, sin más.

No es obvio cuando tienes más de 15 meses, bueno, sigue siendo obvio durante mucho tiempo más pero pasados los 30 debes recordar cómo se hacía. Y, a base de insistir, de acostumbrarte al silencio del altavoz, de volver del pensamiento a la olla, vas abriendo la brecha por la que se avista la extraña felicidad del presente. O tal vez la felicidad de siempre, la de los 15 meses y tantos otros.

De heridas y tiritas

Hay una práctica entre los más pequeños que consiste en contarse las heridas. Alrededor de los seis años no es extraño oír afirmaciones como ésta: tengo 18 heridas; no, ahora 25. En esa época, cargar con semejante número de marcas en la piel es una proeza digna de reseñarse a la mínima ocasión. Es la misma edad en la que las tiritas tienen un inmediato efecto placebo.

Con el tiempo uno deja de contarlas, a veces incluso intenta obviar que un día existieron. El olvido pasa a ser entonces la tirita. Cure o no, lo parece.

Formas de jugar a pelota

Hay una forma tradicional, establecida, de enseñar a jugar a pelota a un bebé que todavía no camina pero ya puede sostenerla en sus manos. Pongamos que tiene 11 meses. Tú, la madre, estás sentada en el suelo delante de ella a la distancia justa para que la pelota pueda rodar unos segundos desde tu campo base hasta el suyo. Empiezas el entrenamiento: «mira A., una pelota. Te la voy a pasar. Uuuuuu (aquí emites un sonido difícil de reproducir por escrito, podríamos llamarla «onomatopeya de madre/padre invocando alegría» u «onomatopeya de padre/madre mostrando el grado máximo de entusiasmo»). A. te mira desde su campo base con cara de expectación y su «sonrisa de hija/o invocando actuación estelar de madre/padre», provocada por la previa «onomatopeya de madre/padre en su grado máximo de entusiasmo».

Una vez culminado el ritual, ahora sí, sientes que es el momento de lanzar la pelota. La lanzas, llega con éxito hasta el bebé. A. vuelve a sonreír, entusiasmada por el regalo. Es una pelota pequeña, más blanda y más pequeña que una pelota de tenis, el sucedáneo clásico: una pelota de palas de playa, preferiblemente de color fluorescente por si se cae al agua, porque se presupone la calidad de aficionados de los jugadores estacionales, no por ello menos felices intentando golpear en el blanco, haciendo la clásica broma cuando no lo logran de «hay un agujero en mi pala».

A. no sabe todo eso, pero la coge con una sola mano y la observa como observaríamos nosotros algo que cayera en nuestras manos por primera vez venido de otro planeta. La mira, desde todas las perspectivas posibles, moviendo la mano como sólo los bebés saben hacerlo cuando tienen una pelota de palas en la mano. Tú, al otro lado, sigues con tu objetivo en mente: «pásamela, A. Pásamela, bonita». Y acompañas la frase del típico golpecito en el suelo indicando dónde podría enviarte la pelota para salvar la distancia que os separa.

Pero ella te mira sonriendo y extendiendo el brazo sin ninguna intención de pasarte la pelota sino de dártela en mano. Tú insistes. Golpecito en el suelo. El signo universal de rodar y rodar. «Pásamela, bonita. Así, así, por el suelo». Pero ella te está enseñando la pelota. La levanta en el aire, como un astro que hubiéramos podido alcanzar con una mano. Te mira y te sonríe. Ofreciéndotela.

Es entonces, tras cuatro o cinco intentos inútiles más de transmitir tu conocimiento respecto al tradicional juego de pelota, cuando te quedas mirando esa pelota fluorescente sostenida en el aire, y te das cuenta de que hay otras maneras de jugar.

Mirando esa pelota fluorescente, ese gesto del brazo extendido que la sostiene, esa mirada invitándote a cogerla con tu propia mano, directamente de su mano y sin necesidad de lanzamiento, es cuando descubres, una vez más como observador de la vida al principio, que hay otras maneras de relacionarse con una pelota, pero también con el otro y con el propio mundo, otras formas que implican mucha más suavidad y ternura. Otras formas de transacción con brazos que se extienden al encuentro del otro, que ha entendido, por fin, que la pelota también puede pasarse de mano en mano.

El sueño

Cuando iba a nacer A. llevé una libreta al hospital. Quería tenerla allí para ir escribiendo como lo hice con M. Como diario de viaje y, a la vez, lugar desde el que ganar perspectiva. Hace unos días me topé con ella cuando buscaba un papel amable sobre el que escribir. Y volví a hacerlo:

«Ahora mismo A. y M. duermen en nuestra cama. Poco antes de levantarme estaba entre sus dos respiraciones, una más grande, otra más pequeña. Pensando también en escribir sobre cómo, siendo niño, uno pide auxilio para que lo rescaten de un sueño en el que no es feliz. Con un Papáááá en el caso de M. o con un grito que me busca en el caso de A.

Hace un rato M. ha tenido ese sueño que le ha despertado y le ha traído a la cama tras el grito. Al llegar me ha explicado que estaba teniendo un sueño muy intenso que él había escogido tener. Pero que le dolían los ojos porque había mucho brillo en el sueño.

A veces es muy obvio admirarles, ver motivos para asombrarnos también de su brillo. Otras, tenemos que hacer el esfuerzo consciente de oír sus vocecitas pequeñas y recordar lo pequeñas que son, a la vez que valiosas, poderosas, libres, con conexión directa con la creatividad, con la fuente del genio.

Pienso en compartir este texto». Y aquí está.

«Arriba / abajo» en series de 8

Ponerse de pie. Una y otra vez. Soltar una mano y ver cómo te sostienes, o caer. Reír por el intento, por poder volver a probar. Agarrarte a ese límite que te separa de la amplitud del mundo para que duermas, y usarlo para ejercitar tu habilidad para explorarlo. Así es como te relacionas con la madera que rodea a tu cuna y que has convertido en la típica barra enganchada a un espejo de las clases de baile.

 

Un lugar al que agarrarse para ampliar tu repertorio de movimientos, para retrasar el momento de coger el sueño. Para alargar el día doblando y estirando las rodillas, el prólogo de un salto repetido hasta la saciedad de tu sonrisa. Sonrisa saciada. Eso es, ese momento, una alegría que alimenta, que alimentas.  

 

Nunca pongas un jarrón chino en la mano de un bebé

Cuando crecemos necesitamos hacer un esfuerzo consciente por dirigir nuestra atención a aquello en lo que queremos enfocarnos. Eso dicen. Y a los que nos gusta hacer muchas cosas a la vez porque con una sola tememos aburrimos, nos cuesta creerlo. Sin embargo, cuando estás cerca de un bebé, esa teoría resulta irrefutable y además de una forma muy explícita.

A. tiene en una mano algo que le interesa. Ve un segundo objeto atractivo y lo alcanza con la otra mano. Está bien, podemos manejar dos cosas a la vez. Pero, ¿qué pasa cuando aparece un tercer elemento deseable? Una de las dos manos se abre y simplemente deja caer en picado lo que tenía, sin ni siquiera darse cuenta, para que la mano quede libre para dirigirse al tercer objeto. Y así indefinidamente. Mano abierta, mano cerrada, mano abierta, mano cerrada. Conclusión 1: Dos cosas a la vez, bien. Tres ya, malabarismo. Conclusión 2: véase título.

Cómo leer las manos (de otra forma)

Hay algo de mágico en las manos de un bebé. Cuando todavía no cuentan con la herramienta del lenguaje, las manos son otra voz a la que observar de cerca. A. las mueve con una especie de serenidad consciente cuando va a comunicarse con ellas. Eso es lo que yo interpreto, desde fuera lo que se ve es una mano pequeña que se mueve de forma pausada y progresiva, ocupando el espacio con elegancia, hasta emitir el gesto que buscaba, como quien busca una palabra.

La mano puede decir, después de un rato observándote, Seguir leyendo

Para mantener el calor

Te levantas oyendo el grito cantado de “¡El do-min-go es fies-ta! ¡El do-min-go es fies-ta!”. Y te alegras. Te alegras de la alegría. Y a la vez tienes un impulso, el de cerrar la puerta para que no se escape, como el calor.

Me imagino haciéndolo en un gesto ridículo pero a la vez un poco necesario. Este impulso de entornar la puerta para que el ambiente emocional de la casa, del piso, de los cuerpos, se mantenga cálido.

Pero tiene algún sentido, Seguir leyendo

Gestos

Hay gestos que van asociados de forma natural a la alegría, aún sin saberlo antes de convivir con un bebé. Uno de ellos es la pedorreta, la pedorreta que sale desde lo más profundo del ser para expandir su vibración por el aire hasta que ya no queda ni una gota en los mofletes previamente henchidos.

No se trata de una pedorreta aprendida, es una pedorreta innata. La materialización del dicho «no caber en sí de gozo» y, por ello, Seguir leyendo