Charlando en la bañera

Nunca se sabe qué conversaciones pueden surgir cuando te pones en remojo. Y si tienes 3 años para 4, aún menos…

– Mamá, ¿quién ha hecho el mundo?

– ¿Tú quién crees que lo ha hecho? -ésta es una pregunta muy útil que circula entre padres y madres para cuando no sabes qué responder-.

– Yo creo que tú y Papá.

– ¿Y qué te parece cómo nos ha quedado?

– ¿Eh? ¿Lo habéis hecho vosotros? -Ella sabe que no, buena señal-

– Mira esta cesta… ¿quieres comprar en mi mercado?

– Sí, claro -respondo mientras anoto en el ordenador, que me había llevado al baño para enviar un  email, antes de saber que la conversación iba a tomar estos derroteros. Compro un trozo de pizza irreal y pasamos a otro tema-.

– Mamá, nos tenemos que cambiar de casa y nos llevaremos la bañera y lo de los Reyes y todo.

– ¿Te quieres cambiar de casa?

– Es que se volverá vieja.

– Pero la podemos arreglar.

– Mamá, ¿quién ha hecho esta casa? ¿Tú y papa?

– En realidad no, y el mundo tampoco -por si acaso, quede dicho-.

Nada que añadir.

Bro, soy muy pro

En la relación entre hermanos hay momentos de tensión, de dar rienda suelta a las ganas de discutir, lo sabemos, existe, pero hay otra cara, más desconocida, quizás menos transitada, pero que te hace tocar el cielo de la maternidad con las yemas de los dedos: ese momento en el que los hermanos, lejos de provocarse el enfado, se ayudan a salir de él. 

 

Es un cogerse de la mano metafórico con el que se acompañan a transitar de una emoción a otra, a salir de un bucle que les está dañando, sin forzarse, sólo recordándose todo lo que hay fuera y que por momentos han dejado de ver. 

 

Sucede en las dos direcciones, cada uno a su manera. Por ejemplo, M emula para A un tropiezo al más clásico estilo payaso, una vez tras otra, hasta que el gag surge efecto. O A empieza a hacerle sus caricias preferidas a M y a continuación le da la mano. 

 

No se echan en cara lo que sienten, el enfado o la tristeza, simplemente, de forma instintiva se recuerdan el uno al otro que hay motivos para reírse, para sentirse queridos y eso, muchas veces, basta. 

Aprender a hablar

A. está ahora en la fase de aprender a hablar y es curioso el orden en el que decide lanzarse a pronunciar cada nueva palabra.

La primera fue Ma, el nombre incompleto de su hermano.

Las siguientes, no sabría decir en qué orden, fueron las sílabas ma-ma-ma-ma, pa-pa-pa-pa.

La tercera vau-vau (perro).

La cuarta, a base de mucho mucho insistir: agua.

La quinta: ¡hola! No puedo evitar imaginármela sin h cuando ella la pronuncia.

La sexta, empatada con «oma», de paloma, fue el nombre comercial de una peonza que tiene un gran protagonismo en nuestra casa desde hace un tiempo: beyblade.

La séptima, en un punto en el que ya es capaz de imitar cualquier sonido: «te-ta» (dicho con mucha fruición), «chi» (para «sí», o tal vez más tarde descubramos que se refiere al auténtico «chi»), junto con «bebé» y «susto». Y, por último, por ahora, «no».

Más allá del interés que pueda tener esta clasificación, sirve como «nube de tags» familiar. Puede que ésas sean algunas de las palabras que más decimos, pero, al volver a leerlas y viendo la reticencia a pronunciar la palabra «agua», tan básica a nuestros ojos, creo que las palabras que antes nos lanzamos a decir son las que más emociones nos provocan. La palabra como detonante de todo lo que se acentúa al nombrarla.

Tatuamanía

A. ha descubierto la increíble sensación de que un gesto pueda dejar su huella con tan sólo tomar un bolígrafo para realizarlo. La tinta acompaña al gesto y el papel lo registra. Eso fue lo que le enseñamos, pero el papel es un espacio reducido, limitado. El cuerpo se ha convertido en un escenario mucho más interesante para la experimentación con la ventaja de que se borra con cada ducha y puedes volver a crear.

Es un paso intermedio entre la calcomanía y el tatuaje. Aúna lo mejor de los dos mundos: lo efímero, no dura siempre, y lo artístico, lo hecho a mano. No es que lo fomentemos, lo hace al mínimo descuido pero a mí me están entrando ganas de tatuarme como ella, dibujar cada día lo que al brazo se le antoje, dejándome llevar por el impulso creativo sin que importe lo más mínimo el qué dirán (sobre todo porque se lo dirán a tu madre).

Mindfulness en la cocinita

A. ha empezado a jugar a cocinitas. Como todo lo que aborda, lo hace con atención plena. Eso me ha llevado a tomarme el momento de cocinar como ella, como una práctica informal de mindfulness -es exactamente lo mismo que ella piensa cuando se pone a jugar-.

Eso implica básicamente estar cocinando mientras cocino. Es decir, intentar estar sólo cocinando mientras cocino, frente a estar escuchando un curso online a la vez que pienso en otra cosa y se me sale el agua porque no he oído que estaba hirviendo.

Hay una extraña felicidad en conseguir estar sólo cocinando, en fijarte cómo el agua mueve el arroz en el colador, en sentir la resistencia del agua frente a la cuchara que intenta imponerle una dirección a los alimentos que flotan en ella. Porque hay una extraña felicidad en estar sólo en una cosa, sin más.

No es obvio cuando tienes más de 15 meses, bueno, sigue siendo obvio durante mucho tiempo más pero pasados los 30 debes recordar cómo se hacía. Y, a base de insistir, de acostumbrarte al silencio del altavoz, de volver del pensamiento a la olla, vas abriendo la brecha por la que se avista la extraña felicidad del presente. O tal vez la felicidad de siempre, la de los 15 meses y tantos otros.

De heridas y tiritas

Hay una práctica entre los más pequeños que consiste en contarse las heridas. Alrededor de los seis años no es extraño oír afirmaciones como ésta: tengo 18 heridas; no, ahora 25. En esa época, cargar con semejante número de marcas en la piel es una proeza digna de reseñarse a la mínima ocasión. Es la misma edad en la que las tiritas tienen un inmediato efecto placebo.

Con el tiempo uno deja de contarlas, a veces incluso intenta obviar que un día existieron. El olvido pasa a ser entonces la tirita. Cure o no, lo parece.

Formas de jugar a pelota

Hay una forma tradicional, establecida, de enseñar a jugar a pelota a un bebé que todavía no camina pero ya puede sostenerla en sus manos. Pongamos que tiene 11 meses. Tú, la madre, estás sentada en el suelo delante de ella a la distancia justa para que la pelota pueda rodar unos segundos desde tu campo base hasta el suyo. Empiezas el entrenamiento: «mira A., una pelota. Te la voy a pasar. Uuuuuu (aquí emites un sonido difícil de reproducir por escrito, podríamos llamarla «onomatopeya de madre/padre invocando alegría» u «onomatopeya de padre/madre mostrando el grado máximo de entusiasmo»). A. te mira desde su campo base con cara de expectación y su «sonrisa de hija/o invocando actuación estelar de madre/padre», provocada por la previa «onomatopeya de madre/padre en su grado máximo de entusiasmo».

Una vez culminado el ritual, ahora sí, sientes que es el momento de lanzar la pelota. La lanzas, llega con éxito hasta el bebé. A. vuelve a sonreír, entusiasmada por el regalo. Es una pelota pequeña, más blanda y más pequeña que una pelota de tenis, el sucedáneo clásico: una pelota de palas de playa, preferiblemente de color fluorescente por si se cae al agua, porque se presupone la calidad de aficionados de los jugadores estacionales, no por ello menos felices intentando golpear en el blanco, haciendo la clásica broma cuando no lo logran de «hay un agujero en mi pala».

A. no sabe todo eso, pero la coge con una sola mano y la observa como observaríamos nosotros algo que cayera en nuestras manos por primera vez venido de otro planeta. La mira, desde todas las perspectivas posibles, moviendo la mano como sólo los bebés saben hacerlo cuando tienen una pelota de palas en la mano. Tú, al otro lado, sigues con tu objetivo en mente: «pásamela, A. Pásamela, bonita». Y acompañas la frase del típico golpecito en el suelo indicando dónde podría enviarte la pelota para salvar la distancia que os separa.

Pero ella te mira sonriendo y extendiendo el brazo sin ninguna intención de pasarte la pelota sino de dártela en mano. Tú insistes. Golpecito en el suelo. El signo universal de rodar y rodar. «Pásamela, bonita. Así, así, por el suelo». Pero ella te está enseñando la pelota. La levanta en el aire, como un astro que hubiéramos podido alcanzar con una mano. Te mira y te sonríe. Ofreciéndotela.

Es entonces, tras cuatro o cinco intentos inútiles más de transmitir tu conocimiento respecto al tradicional juego de pelota, cuando te quedas mirando esa pelota fluorescente sostenida en el aire, y te das cuenta de que hay otras maneras de jugar.

Mirando esa pelota fluorescente, ese gesto del brazo extendido que la sostiene, esa mirada invitándote a cogerla con tu propia mano, directamente de su mano y sin necesidad de lanzamiento, es cuando descubres, una vez más como observador de la vida al principio, que hay otras maneras de relacionarse con una pelota, pero también con el otro y con el propio mundo, otras formas que implican mucha más suavidad y ternura. Otras formas de transacción con brazos que se extienden al encuentro del otro, que ha entendido, por fin, que la pelota también puede pasarse de mano en mano.

El sueño

Cuando iba a nacer A. llevé una libreta al hospital. Quería tenerla allí para ir escribiendo como lo hice con M. Como diario de viaje y, a la vez, lugar desde el que ganar perspectiva. Hace unos días me topé con ella cuando buscaba un papel amable sobre el que escribir. Y volví a hacerlo:

«Ahora mismo A. y M. duermen en nuestra cama. Poco antes de levantarme estaba entre sus dos respiraciones, una más grande, otra más pequeña. Pensando también en escribir sobre cómo, siendo niño, uno pide auxilio para que lo rescaten de un sueño en el que no es feliz. Con un Papáááá en el caso de M. o con un grito que me busca en el caso de A.

Hace un rato M. ha tenido ese sueño que le ha despertado y le ha traído a la cama tras el grito. Al llegar me ha explicado que estaba teniendo un sueño muy intenso que él había escogido tener. Pero que le dolían los ojos porque había mucho brillo en el sueño.

A veces es muy obvio admirarles, ver motivos para asombrarnos también de su brillo. Otras, tenemos que hacer el esfuerzo consciente de oír sus vocecitas pequeñas y recordar lo pequeñas que son, a la vez que valiosas, poderosas, libres, con conexión directa con la creatividad, con la fuente del genio.

Pienso en compartir este texto». Y aquí está.

«Arriba / abajo» en series de 8

Ponerse de pie. Una y otra vez. Soltar una mano y ver cómo te sostienes, o caer. Reír por el intento, por poder volver a probar. Agarrarte a ese límite que te separa de la amplitud del mundo para que duermas, y usarlo para ejercitar tu habilidad para explorarlo. Así es como te relacionas con la madera que rodea a tu cuna y que has convertido en la típica barra enganchada a un espejo de las clases de baile.

 

Un lugar al que agarrarse para ampliar tu repertorio de movimientos, para retrasar el momento de coger el sueño. Para alargar el día doblando y estirando las rodillas, el prólogo de un salto repetido hasta la saciedad de tu sonrisa. Sonrisa saciada. Eso es, ese momento, una alegría que alimenta, que alimentas.  

 

Nunca pongas un jarrón chino en la mano de un bebé

Cuando crecemos necesitamos hacer un esfuerzo consciente por dirigir nuestra atención a aquello en lo que queremos enfocarnos. Eso dicen. Y a los que nos gusta hacer muchas cosas a la vez porque con una sola tememos aburrimos, nos cuesta creerlo. Sin embargo, cuando estás cerca de un bebé, esa teoría resulta irrefutable y además de una forma muy explícita.

A. tiene en una mano algo que le interesa. Ve un segundo objeto atractivo y lo alcanza con la otra mano. Está bien, podemos manejar dos cosas a la vez. Pero, ¿qué pasa cuando aparece un tercer elemento deseable? Una de las dos manos se abre y simplemente deja caer en picado lo que tenía, sin ni siquiera darse cuenta, para que la mano quede libre para dirigirse al tercer objeto. Y así indefinidamente. Mano abierta, mano cerrada, mano abierta, mano cerrada. Conclusión 1: Dos cosas a la vez, bien. Tres ya, malabarismo. Conclusión 2: véase título.