Para mantener el calor

Te levantas oyendo el grito cantado de “¡El do-min-go es fies-ta! ¡El do-min-go es fies-ta!”. Y te alegras. Te alegras de la alegría. Y a la vez tienes un impulso, el de cerrar la puerta para que no se escape, como el calor.

Me imagino haciéndolo en un gesto ridículo pero a la vez un poco necesario. Este impulso de entornar la puerta para que el ambiente emocional de la casa, del piso, de los cuerpos, se mantenga cálido.

Pero tiene algún sentido, no lo de aferrarse a las emociones, pero sí el propiciar que se den eligiendo conscientemente entornar la puerta o, lo que es lo mismo, pararte, cargarte, mimarte de alguna forma para llenar el tanque de la energía y decirte, vale, ahora voy ponerle ganas, aun con el sueño, aun con los sueños que tal vez esa noche no te han dejado descansar.

Hay días en los que se hace más fácil que otros, días en los que tienes más energía, más paciencia -y a menudo hay una relación directa con el tiempo que has dedicado a encargarte de estar en paz tú- pero aceptar que ni nosotros ni nuestros hijos tenemos que ser perfectos es un comienzo. Revisar y cuestionar qué pensamientos catastrofistas nos visitan cada vez que hacen una tontería (agravada únicamente por la lectura que hacemos de ésta influenciados por esos pensamientos), una buena continuación. Y cantar o bailar con ellos para celebrarlo, el colofón necesario siempre, porque “el domingo es fiesta” y el resto, días de guardar.

Gestos

Hay gestos que van asociados de forma natural a la alegría, aún sin saberlo antes de convivir con un bebé. Uno de ellos es la pedorreta, la pedorreta que sale desde lo más profundo del ser para expandir su vibración por el aire hasta que ya no queda ni una gota en los mofletes previamente henchidos.

No se trata de una pedorreta aprendida, es una pedorreta innata. La materialización del dicho “no caber en sí de gozo” y, por ello, Seguir leyendo

Hola, Siri

Tu hijo coge el móvil y se dispone a hablar con esa voz fruto de la inteligencia artificial que Apple ha bautizado como Siri.

– Hola, Carmen, dice M.
– ¿En qué Carmen?, responde Siri.
– No, M., Carmen es la voz del GPS, la del teléfono se llama Siri – apuntas tú, que estás en otros temas pero con la oreja puesta-.
– Vale -dice M.- Hola, Siri.

Entonces empiezan las preguntas con esa actitud de satisfacción avanzada al saber que al otro lado hay alguien, llámese Siri o Carmen o como se quiera, Seguir leyendo

La comunicación y los hijos

Un día, en el principio de tus días, algo me hace pensar en el significado genuino de la palabra comunicación. En lo que en realidad significa, en la profundidad de su esencia que se remonta al origen de los días, de los nuestros, como humanos –esta es una palabra que nos gusta mucho usar en la familia para hablar de los miembros de la especie-.

Estoy cambiándote, esa operación que se repite en numerosas ocasiones a diario, de forma mecánica incluso, llegados a cierto grado de experiencia. Nuestras caras están cerca, Seguir leyendo

Collage

Cuando nace un niño y te pasas horas con él en los brazos -porque sin duda se duerme más a gusto sobre tu piel y tus huesos que sobre cualquier superficie mullida y plana-, es muy tentador empezar a buscar parecidos razonables. No se trata de parecidos globales: esta persona se parece globalmente a esta otra. No, se trata de una búsqueda de parecidos fragmentada. Por ejemplo, la barbilla, tanto de A. como de M. nada más nacer, me evoca la imagen de mi abuela Elvira. R. dice que es porque, al no tener dientes, la mandíbula de todos los bebés es cercana a la de los abuelos, a la de los abuelos de antes, porque los de ahora tienen unas mandíbulas envidiables.

Sin embargo, no todos los bebés me recuerdan a mi abuela Elvira, ni todos Seguir leyendo

La entrada a los sueños

Justo cuando empieza a dormirse, en la frontera entre estar despierta y no estarlo, A. esboza una sonrisa, o varias, ayer incluso una especie de carcajada.

No sé qué hay en ese paso entre un estado y otro que hace que se ría. En todo caso, invariablemente, no podemos evitar decirle a quien esté al lado: “mira, se ha reído”. Él nunca llega a verlo, claro, la frase es más larga que la sonrisa. Seguir leyendo