Aprender a hablar

A. está ahora en la fase de aprender a hablar y es curioso el orden en el que decide lanzarse a pronunciar cada nueva palabra.

La primera fue Ma, el nombre incompleto de su hermano.

Las siguientes, no sabría decir en qué orden, fueron las sílabas ma-ma-ma-ma, pa-pa-pa-pa.

La tercera vau-vau (perro).

La cuarta, a base de mucho mucho insistir: agua.

La quinta: ¡hola! No puedo evitar imaginármela sin h cuando ella la pronuncia.

La sexta, empatada con «oma», de paloma, fue el nombre comercial de una peonza que tiene un gran protagonismo en nuestra casa desde hace un tiempo: beyblade.

La séptima, en un punto en el que ya es capaz de imitar cualquier sonido: «te-ta» (dicho con mucha fruición), «chi» (para «sí», o tal vez más tarde descubramos que se refiere al auténtico «chi»), junto con «bebé» y «susto». Y, por último, por ahora, «no».

Más allá del interés que pueda tener esta clasificación, sirve como «nube de tags» familiar. Puede que ésas sean algunas de las palabras que más decimos, pero, al volver a leerlas y viendo la reticencia a pronunciar la palabra «agua», tan básica a nuestros ojos, creo que las palabras que antes nos lanzamos a decir son las que más emociones nos provocan. La palabra como detonante de todo lo que se acentúa al nombrarla.

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