Aprender a hablar

«A veces el cerebro tiene que salir de la cabeza, porque el miedo está en la cabeza. Entonces, para superar el miedo, a veces hay que salir de la cabeza». Un día aprenden a hablar y 5 años después de pronunciar «no puedo bajar, no tengo zapatos», te regalan frases como ésta.

Grande la palabra y grandes ellos. A. está ahora en la fase previa, la de aprender a hablar, y es curioso el orden en el que decide lanzarse a pronunciarlas.

La primera fue Ma, el nombre incompleto de su hermano.

Las siguientes, no sabría decir en qué orden, fueron las sílabas ma-ma-ma-ma, pa-pa-pa-pa.

La tercera vau-vau (perro).

La cuarta, a base de mucho mucho insistir: agua.

La quinta: ¡hola! No puedo evitar imaginármela sin h cuando ella la pronuncia.

La sexta, empatada con «oma», de paloma, fue el nombre comercial de una peonza que tiene un gran protagonismo en nuestra casa desde hace un tiempo: beyblade.

La séptima, en un punto en el que ya es capaz de imitar cualquier sonido: «te-ta» (dicho con mucha fruición), «chi» (para sí, o tal vez más tarde descubramos que se refiere al auténtico chi), junto con «bebé» y «susto». Y, por último, por ahora, «no».

Más allá del interés que pueda tener esta clasificación, sirve como «nube de tags» familiar. Puede que ésas sean algunas de las palabras que más decimos, pero, al volver a leerlas y viendo la reticencia a pronunciar la palabra «agua», tan básica a nuestros ojos, creo que las palabras que antes nos lanzamos a decir son las que más emociones nos provocan. La palabra como detonante de todo lo que se acentúa al nombrarla.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *