Collage

Cuando nace un niño y te pasas horas con él en los brazos -porque sin duda se duerme más a gusto sobre tu piel y tus huesos que sobre cualquier superficie mullida y plana-, es muy tentador empezar a buscar parecidos razonables. No se trata de parecidos globales: esta persona se parece globalmente a esta otra. No, se trata de una búsqueda de parecidos fragmentada. Por ejemplo, la barbilla, tanto de A. como de M. nada más nacer, me evoca la imagen de mi abuela Elvira. R. dice que es porque, al no tener dientes, la mandíbula de todos los bebés es cercana a la de los abuelos, a la de los abuelos de antes, porque los de ahora tienen unas mandíbulas envidiables.

Sin embargo, no todos los bebés me recuerdan a mi abuela Elvira, ni todos Seguir leyendo

La entrada a los sueños

Justo cuando empieza a dormirse, en la frontera entre estar despierta y no estarlo, A. esboza una sonrisa, o varias, ayer incluso una especie de carcajada.

No sé qué hay en ese paso entre un estado y otro que hace que se ría. En todo caso, invariablemente, no podemos evitar decirle a quien esté al lado: “mira, se ha reído”. Él nunca llega a verlo, claro, la frase es más larga que la sonrisa. Seguir leyendo

Qué le dices a un bebé

Hablar con un bebé a solas tiene algo de ejercicio de escritura automática, sin la escritura pero con todo lo que implica de dejar ir a las palabras sin filtro y de descubrir, a medida que fluyen, todo lo que había dentro de nosotros y que no deja de ser sorprendente.

Tiene una vertiente lúdica, en la que nos escuchamos diciendo tonterías con una entonación extravagante, pero también otra trascendental, en la que nos dedicamos a transmitir a los recién llegados teorías de vida que, más adelante, necesitaremos elaborar pero que, por ahora, están bien así. Seguir leyendo

Por primera vez, aunque sea la segunda

Hace quince días que nació A.  Era 21, el segundo día de la primavera de 2018 y el día mundial de la poesía -como apuntó Ana, esa poeta necesaria a la que hace demasiado que no leo o escucho leer-. Ahora lleva dos horas durmiendo y me ha dejado tiempo para escribir, algo que he estado posponiendo toda la mañana, gestión tras gestión.

Donde no dejé de escribir fue en el hospital, notas sin pretensiones que sirvieron para dejar constancia del tobogán emocional que supuso el parto, una cesárea programada para un miércoles. Una intervención rápida que transcurrió según lo esperado, sobre todo para los facultativos, que lo vivían con una naturalidad a años luz de mi estado entre la expectación y el estupor. Seguir leyendo

Arcilla

Tener un trozo de arcilla entre las manos, siempre te ubica. Ya sea porque estés mordiendo el barro, centrado en crear el botijo de tu vida, o bien, porque tu hijo te lo haya dado antes de salir de casa y lo descubras al cabo de unas horas, al volver a meter la mano en el bolsillo de tu abrigo, después de una jornada laboral. ¿Qué llevo yo aquí?, te preguntas. Recorres a ciegas, con la yema de los dedos, aquel objeto. Rebuscas en tu memoria más reciente y entonces, por fin recuerdas, no sólo qué es, sino también de dónde vienes y a dónde vas.

Cargarse de respuestas

Hay un día en la historia de casi todos en el que pronuncias tu primer “¿por qué?” y, cuando alguien te responde, te conviertes de pronto en adicto a esa fórmula: ¿Por qué? Respuesta. ¿Por qué? Respuesta. ¿Por qué? Respuesta. Puede ser que incluso preguntes lo mismo varios días seguidos, aun sabiendo la respuesta, porque la sabes, sé que la sabes, pero te produce un extraño placer que alguien te reafirme en lo que ya crees -eso explica muchas cosas sobre nuestras afinidades en la edad adulta-. El caso es que después del primer por qué viene el infinito y es algo que se repite humano tras humano. Alrededor de los dos años y medio, de pronto sientes que necesitas cargarte de respuestas, probablemente con la esperanza aún inconsciente de reducir al máximo asumible el número de silencios que habrás de acumular tras un interrogante el resto de la vida.