Arcilla

Tener un trozo de arcilla entre las manos, siempre te ubica. Ya sea porque estés mordiendo el barro, centrado en crear el botijo de tu vida, o bien, porque tu hijo te lo haya dado antes de salir de casa y lo descubras al cabo de unas horas, al volver a meter la mano en el bolsillo de tu abrigo, después de una jornada laboral. ¿Qué llevo yo aquí?, te preguntas. Recorres a ciegas, con la yema de los dedos, aquel objeto. Rebuscas en tu memoria más reciente y entonces, por fin recuerdas, no sólo qué es, sino también de dónde vienes y a dónde vas.

Cargarse de respuestas

Hay un día en la historia de casi todos en el que pronuncias tu primer “¿por qué?” y, cuando alguien te responde, te conviertes de pronto en adicto a esa fórmula: ¿Por qué? Respuesta. ¿Por qué? Respuesta. ¿Por qué? Respuesta. Puede ser que incluso preguntes lo mismo varios días seguidos, aun sabiendo la respuesta, porque la sabes, sé que la sabes, pero te produce un extraño placer que alguien te reafirme en lo que ya crees -eso explica muchas cosas sobre nuestras afinidades en la edad adulta-. El caso es que después del primer por qué viene el infinito y es algo que se repite humano tras humano. Alrededor de los dos años y medio, de pronto sientes que necesitas cargarte de respuestas, probablemente con la esperanza aún inconsciente de reducir al máximo asumible el número de silencios que habrás de acumular tras un interrogante el resto de la vida.

El sueño

Nunca te ha gustado dormirte, al menos hacerlo tomando conciencia de ello. Siempre has tenido que desviar tu atención con cualquier cosa para no lanzarte al abismo de la oscuridad de unos ojos cerrados que encierran a su vez la voluntad durante unas horas. El sueño lo vence todo, nos vence a nosotros y después a la realidad que nos abruma y que se agolpa ante nosotros justo antes de caer rendidos, como la ropa en una lavadora apretada esperando el jabón. Y es el jabón lo que no llega, o lo que llega mejor cuando uno está distraído. Por ejemplo, estás llorando y tu padre va a consolarte contándote una historia que empieza muy flojita, Seguir leyendo

Lo que nos rodea

Todo el mundo sabe que hay fotos que se hacen solas. En ellas quedan registrados habitualmente pies, baldosas, el forro del bolso o el interior de un abrigo negro que bien podría ser cualquier otro lugar a oscuras. Sólo a veces te encuentras con instantes captados sin querer que te hacen darte cuenta de que lo que te rodea, muy de cerca, a modo de satélite incluso, es mucho mejor que todo eso. Unos centímetros por encima del nivel del mar y otros por debajo de tu cabeza hay unos pasos que la cámara no se ha podido resistir a fotografiar sin la intermediación de tu mirada.

Tardes de trópico

Hay tardes de semanas interminables que, de pronto, te regalan un billete de vuelta al Trópico. No te has marcado ningún objetivo más allá de pasar las horas en compañía de tu hijo de año y meses. Nada es una obligación: ni poner tu vida en orden, ni reponer una despensa, ni mucho menos cuidarlo… Vais a pasar la tarde juntos, una tarde libre, en la que tal vez acabes llenando la nevera y escondiendo calcetines tirados en una habitación, pero en la que el foco no está puesto en una carrera de obstáculos sino en un oasis en el que todo fluye a ritmo tropical. Estamos enfocados a la calma y al disfrute, al juego y a la risa, caminando por la ciudad juntos sabiendo que transcurrimos por un tiempo bien empleado, vivido en Lo importante, libre de absurdos. Percibimos cómo nos movemos más lentos que el resto del mundo, cómo nos salen sonrisas sinceras, desbordadas de gratitud cuando alguien nos cede todo el espacio que ocupamos en las calles y cómo a su vez esas sonrisas les transforman, les ralentizan también y les devuelven un fragmento de ese Importante, que por un momento habían olvidado, en forma de billete hacia el Trópico.

Las grandes personas tienen cajitas dentro

Llegas a los treinta (entendidos como década) pensando que te conoces, que has aprendido a dominar casi todas tus pasiones, que ya no hay nada para lo que no tengas respuesta sobre ti mismo y va y te haces madre. Y queda al descubierto que tus viejos defectos son los mismos y que, nuevamente, tendrás que pulirlos a conciencia para no sucumbir a la imbecilidad a la que te empujan. Es duro decirlo, pero algunos, si nos dejáramos llevar, seríamos considerablemente insoportables. Así que el mérito reside en no serlo finalmente, aunque sea esfuerzos mediante. Ahí está una persona de unos ochenta centímetros desafiando los límites de tu bondad, el espacio de tu ego, tu capacidad para desprender invulnerabilidad en las situaciones más inverosímiles o incluso en las más verosímiles,

Seguir leyendo

Firma invitada número 4: Silvia. Cuéntame un cuento (y que sea de miedo)

Me despierto. Alguien me está agarrando fuertemente por detrás, exactamente por el cuello, no deja que me mueva y me está ahogando. Pienso: es Berta, mi hija, hoy se ha dormido en mi cama. Me la quito de encima como puedo. Cuando lo consigo miro a mi lado y veo que duerme plácidamente. No es ella. Busco. Veo una sombra que se mueve hacía la cocina. Enciendo la luz. No funciona. Tranquila, me digo, estamos en un sueño. Con el paso del tiempo he aprendido un truco para utilizar dentro de los sueños. Recuerdo cómo he dejado algún trasto antes de dormir, busco cosas que utilizo normalmente y no están, me cercioro de

Seguir leyendo

El calor de la tortilla

El otro día, mientras te daba de cenar, sentí la calidez de lo cotidiano. No sé exactamente qué es, sólo sé que esa escena me trasladó a mi propia infancia, a ese momento exacto en el que mi madre me daba de cenar a la luz de las bombillas. Una luz artificial y siempre insuficiente preside la escena. Tú estás sentado y tu madre merodea por la cocina, trayendo y llevándose comida, ahora una sopa, ahora una tortilla caliente, ahora sóplale un poquito, con el tenedor en la mano y los labios empujando un aire que se supone más frío que la tortilla. Y tú, mirando, testigo de un movimiento incesante que algún día recordarás a la vez que te recorre el cuerpo el calor al que tu madre sopló en aquella tortilla. Eso es, eso debe ser la calidez cotidiana.

Certidumbres

Hay una etapa al principio de nuestra vida en la que nos encanta saber lo que va a pasar a continuación, que una escena se repita veinte veces nos hace sentir veinte veces bien. Seguros. Felices. Tenemos el poder de avanzar acontecimientos, acariciamos el placer de saber qué vendrá a continuación y luchamos con todas nuestras fuerzas porque esa sensación se repita una y otra vez, en forma de cuento repetido una y otra vez, o de broma repetida una y otra vez, o de escondite repetido una y otra vez. Lo único que nos importa es saborear la certidumbre ignorando que siempre tiene un límite.

Seguir leyendo

La vuelta al mundo en 365 días

El mundo ha dado una vuelta completa desde que naciste. Estamos en el mismo lugar, mirándonos a los ojos con una risa que se escapa como el hipo, a borbotones. La carcajada también tuvo una primera vez. ¿En qué lugar debía estar el mundo cuando se produjo? Se detuvo un momento a escuchar y continuó su giro, con nosotros encima, cambiando de pantalla cada día justo en el momento en que subíamos la persiana. Como en los vídeojuegos, la vidajuego avanza superando retos, no siempre acordes a nuestro tamaño. Después de soplar una vela, caminar, correr, subirte en una bicicleta, un tractor, aprender a decir “alle” señalando a la puerta de salida como tu segunda palabra perfectamente comprensible después de “mamamamama” y tras algún intento de “agua” e infinitos de “papá”, que dominas en otros muchos idiomas: aita, dada… Después de todo eso, decía, hoy, tras la persiana, había un montón de ropa con tu nombre, un colchón portátil para echar siestas, una agenda escolar, fotos y una bata de rayas azules: por fin vas a presentarte al mundo como individuo independiente. Buenos días, me llamo M. y estoy aquí porque he pasado de pantalla. Vengo a conoceros y a conocerme. Influiréis en mí y yo en vosotros. Seréis algunos de los primeros nombres que recuerde. Y así una vez tras otra a lo largo de la vida, hasta que no nos queden fuerzas para subir la persiana y, aún así, el mundo siga rodando con nosotros en su rol de acogedor.